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La lectura

Domingo, 22 Noviembre 2009

Hoy he pasado un día estupendo. Un domingo verdaderamente santo y sano. Desde que me levanté, y que terminé de desayunar, me puse a leer. No hay nada como pasarse el día leyendo, sola en casa. Algunos amigos se preocupan por mí. ¿Padecerá agorafobia? Se preguntan inquietos. Aunque la padecí, no es el caso en la actualidad.

En la actualidad sólo me interesa leer libros, escribir, soportar al menor número de gente imbécil; pero claro, de algo hay que vivir, y necesito, como todos, salir a codearme con la gente, trabajar en grupo, y hasta debo comentar la porquería que sucede en el mundo, para no parecer una antisocial. Yo siempre he sido muy antisocial, o sea, una pesada. No exactamente un batido de plomo, pero me molesta la gente que piensa estupideces, y peor, que las piensa y no se las calla.

Leo mucho desde niña, primero por enfermedad, después por sanidad y lucidez. Si alguien me pregunta qué hacer para salir del tedio, le recomiendo un buen libro. Provengo de una época en la que ese tipo de recomendación no sólo era aceptada, era bienvenida con un sinfín de agradecimientos. Pero desde hace unos años a esta parte, no hay más que ver la cara que pone la gente cuando recomiendas un libro que no ha sido superventas, terrorífica, como si estuviesen delante de una enferma mental.

Y si regalas un libro por Navidades te pueden llamar picúa o tacaña, como si los libros no fuesen caros.  En fin, cada vez me refugio más en la lectura, en la soledad. Y no es que esté padeciendo nuevamente agorafobia, no ¡qué va! Es que me he vuelto alérgica al barullo y a la tontería como fanatismo.

Mala noche

Sbado, 24 Enero 2009

He pasado otra mala noche, últimamente duermo menos de lo poco que ya dormía. Estuve viendo hasta tarde los episodios de Dexter, el asesino que tras meterle un jeringuillazo en el cuello a su víctima, prepara todo un aséptico escenario de crimen, mata, corta en pedazos los cuerpos, los envuelve en nylons y ¡cataplún! a la bahía de Miami. Dexter sólo asesina a aquellos que han escapado a la justicia, o sea a criminales que no han pagado su falta. Dexter es un justiciero, pero también es un asesino. Sobre todo es eso, un asesino, simpático, sexy. A su madre la hicieron pulpa cuando él contaba apenas cuatro años, y un policía lo halló dentro de un contenedor, sentado en un mar de sangre, la de su madre, cortada en pedazos a su lado. El niño lloró durante días, sin comer, sin beber, con el cadáver de su madre como única compañía, de ahí el trauma que su padre adoptivo, el policía amante de la madre que era informante, tuvo que encaminar hacia el lado justiciero.

Después de varios capítulos de Dexter, intenté leer los libros que me miran recelosos desde los estantes. ¿Me leerás o no me leerás? Preguntan desde sus lomos. Algunos les prometí leerlos, y releerlos, pero lo segundo no lo hice aún. No dormí bien después de este diálogo intenso con los habitantes mudos de mi biblioteca.

Me puse a escribir, pero tampoco di pie con bola. Hoy me desperté dispuesta a dar un paseo. Me desperté es mucho decir, porque nunca me acosté. No pegué ojo. Bajé temprano a la calle. Sentada en un café mañanero me puse a hojear los periódicos. Es increíble lo mal que leo la prensa en el papel, acostumbrada a hacerlo en internet. Pedí un café en el Sully Fontaine, pero los dueños han cambiado y ahora está estos que se creen que van a colonizarlo a uno con sus salsitas y chistecitos banales. A veces dan ganas de ser Dexter, de sólo tener que aguantar a alguien mal educado.

Abrí uno de esos libros inusitados, de los que ya yo creía que no leería nunca, y de súbito todo dentro de mí cambió. Pagué mi consumo, me mudé con ligereza a otro lugar más solicitado, limpio, y de buenas maneras; por cierto, más barato. Y allí eché la mañana, casi terminé el libro.

Al rato me fui a la primera boca del metro. Y ahora estoy aquí, cercana de un mercado de domingo, acabo de comprar legumbres, frutas, pan, leche. Escribo esta nota en un café próximo al mercado, y enseguida vuelveré al metro, a casa. Prepararé algo para almorzar, luego me pondré a leer. Un domingo en calma, prometo que esta noche intentaré dormir.