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El destino adivinatorio

Martes, 12 Enero 2010

¿Qué significa vivir del rumbo de los signos, a la espera de ellos, pendientes de una premonición, de una predestinación, de casi una adivinación? Significa que somos inexpertos, aún torpes, prófugos de la verdad, de la ciencia, e incluso de la poesía. Fugados, como adolescentes, que sólo creen en el peligro, en la aventura de una noche.

Tomar la vida a pie juntillas de lo que dice la Letra del Año resulta para los cubanos un ejercicio libertario, el único. Y siempre fue independiente de cualquier interpretación aledaña. Ahora, como todo lo trafucamos, lo ponemos al servicio del castrismo, pendientes de un sacerdote, de una sacerdotisa -en el mejor de los casos-, que nos permita atesorar el milagro, bajamos la cabeza, incluso, frente a esa última fuente de alivio de pesares. ¿Creen los cubanos en el milagro? No, cincuenta y un años más tarde no se puede ya creer ni en Masantín el Torero. Sin embargo, la gente colecciona boberías, es el deporte predilecto de los cubanos. Aparte del de hablar y escribir mierdas.

Inspirados en un dios, a nuestra imagen y semejanza, o sea, en el más imperfecto posible, estrambótico, y para colmo, falso, nos creemos que llevamos lo esencial imperecedero prendido con un alfiler de criandera a una punta del ajustador. Ya está, a esperar, a perfeccionar el arte de la espera, de la renuncia, de lo magnífico por majestuoso. Patético.

La Letra del Año no necesitaba ninguna explicación, mucho menos tonta, y es entonces que una tonta y una intelectual engañada, se la dieron, o han hecho creer que se la han dado, y allá van todos a reproducirla, a mentirse a sí mismos, a fabricarse hadas, campanillas, y pajarillos que sólo se notan cuando brincan, porque su canto es demasiado bajo, carente de melodía, y por encima de todo, es un canto plagiado.

Vivimos en una época de un gran cinismo. Yo pensaba que Cuba iba a salvarse de eso, fui ingenua. Creía que en Cuba funcionaría el efecto boomerang, y que cuando todos en Occidente estuviesen extrañando el comunismo, nosotros estaríamos liberándonos, despertándonos del letargo, armando una sociedad compatible con nuestra viveza. Me doy cuenta, sin embargo, que andamos demasiado desfasados, y el desfase nos impidió salvarnos del machetazo del cinismo.

Nos hemos puesto al día, sólo en ese destino adivinatorio, confuso más que nunca, espeso, letal en su nata agria, que todo lo tiñe, que todo lo invade, que todo lo ahuma.

¿Necesitábamos de esa otra variedad de la muerte en vida? No, pero los cubanos somos -en eso sí- expertos en intrincarnos en el matojo, aún cuando la selva virgen le ofrece cientos, miles de caminos, y que la exploración se abre a nosotros, dadora e inteligente.