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Mis diez mejores libros del 2012

Mircoles, 26 Diciembre 2012

Una lista de mis diez mejores libros del año 2012, así como breves comentarios acerca de ellos, podrán leerla aquí.

Feliz año 2013 con buenas lecturas, salud, amor, paz prosperidad y poesía.

Destruir libros

Domingo, 17 Julio 2011

En lugar de bajar el precio de los libros, lo que hacen ahora es destruírlos, en caso de que no se vendan. No estamos muy lejos de la quema de libros de antaño. Y vamos a peor.

Me pregunto por qué en lugar de destruir libros, en vez de enviarlos a la hoguera, mejor no rebajan los precios de los libros, que bastante caros que están, y por eso muy pocos todavía compran literatura impresa en papel. Cuando veo un libro a veinte euros no me extraña que la gente no lo compre. Y es que no es que tengan su valor, lo que sucede es que en época de crisis nadie va a gastar veinte euros en un libro cuando debe ahorrar para alimentar a su familia y esperar a ver qué es lo que sucederá finalemtne con el dinero, y con el euro.

Peor están los libros en Estados Unidos. En Miami entré en una librería y encontré una novela mía a cuarenta y tantos dólares. ¡Cosa de locos!

Pero ¿saben lo que pasa? A nadie le importa ya la cultura, ahora lo que importa es el show de internet, y ahí sí que nos vamos todos a desmoronarnos y a convertirnos en el peor rastrojo de la especie humana que existirá sobre el planeta.

¡P’al carajo!

¿Qué pasará con los escritores?

Lunes, 11 Julio 2011

Por lo que me cuentan algunos amigos que trabajan en el mercado del libro lo que se avecina en relación a los escritores es terrible. Me refiero a los escritores que escribimos desde las entrañas, que contamos historias noveladas, imaginadas, extraídas de la invención o sencillamente de las experiencias personales, poéticas, humanas, porque esas historias son precisamente de las que al parecer los editores huirán como bola por tronera, dado que lo que vende en estos momentos son las historias de evasión de la realidad, o historias esotéricas, y ese tipo de cosas… Los editores buscan solo eso… el entretenimiento.

Yo soy de las que considera que la literatura sabia, profunda, también debe ser entretenida, pero sé que lo entretenido no siempre suele ser sabio y profundo. 

El problema es que el riesgo ya no se usa, nadie quiere arriesgar, todos quieren ir al seguro, y vender cientos de miles de ejemplares, o más, millones. En caso de que no sea así ni siquiera tomarán en cuenta al verdadero escritor. Son tiempos de crisis y lo que se busca no es literatura, sino dinero. Si no vendes lo estipulado: miles y miles, no cuadras la caja de las editoriales. Nefasto.

Es algo que pasaba desde hacía años con los poetas, pero ahora pasará con todos, con los escritores en general, incluídos los escritores de guiones, y más con los de teatro.

Pero el mayor temor es qué pasará con la literatura y con la escritura, dado que internet ha ocupado el sitio de los libros, cosa que no podemos negar. La gente prefiere internet a los libros, y ni siquiera el mercado del libro digital ha crecido tanto como se esperaba, no, sólo ha sido un fiasco, más que evidente, por cierto.

Tal vez todo esto sirva para mejorar las cosas, seamos positivos. Quizá sirva para que la gente se harte de una buena vez y quieran ellos escoger lo que lee, pero cuando puedan hacerlo, cuando esto suceda, ¿seguirán existiendo los escritores y sus escritos?

Domingo de bouquinistes

Domingo, 17 Enero 2010

Hace un sol radiante -raro en París por esta época-, y aunque sigue el frío me levanté con el ánimo de dar una caminada alrededor de los bouquinistes, que son los libreros que bordean el Sena. En sus desconchados estantes, que quedan al resguardo de los paseantes, sellados con enormes candados, cuando sus propietarios han terminado de trabajar, he encontrado yo libros estupendos. Revisando y revisando, lo primero que conseguí fue una excelente biografía de Djuna Barnes, y su libro El Almanaque de las Mujeres, además encontré el libro de fotos Niñas, con todas las fotografías que Lewis Carroll hizo de jovencísimas modelos, entre las que estaba Alice, la niña en la que se inspiró para escribir Alicia en el país de las maravillas.

Detenida en cada estante, volados encima del muro, encontré postales viejas que se intercambiaban los antiguos viajeros que iban a Cuba, así como fotos increíbles, diarios escritos a mano, amarillentos posters de Mucha, y tesoros de papel, que mientras más nos hundimos en internet más van perteneciendo a aquellos tiempos donde Gutenberg aún tenía la última palabra. Pero a mí todavía me sigue gustando más el papel, y los subrayados y las dedicatorias de los autores en los libros.

No puedo ni siquiera imaginar que un día desaparezcan los bouquinistes, esos dioses de la sabiduría a la orilla del Sena: abrigados hasta las cejas, porque hace un frío que pela, pero ellos están allí, como acorazados de la lectura; e indican amables a los visitantes qué libro está en mejores condiciones, y si la persona no posee el dinero suficiente para adquirir el libro, entonces ellos hacen descuentos inimaginables, sobre todo en los libros de arte, agotados ya en su gran mayoría en la red de librerías.

Recuerdo que, el día que cumplí 23 años vine a celebrarlo junto a los bouquinistes, no tenía un céntimo y me moría por Pluies de Saint-John Perse en una edición preciosa. Lo había leído traducido, y anhelaba poder leerlo en su lengua. Di vueltas y más vueltas y siempre caía frente a la edición de mis sueños. El librero entendió lo que sucedía, entonces, sin una palabra, extrajo el libro de la pila y me lo tendió, insistiendo en que se trataba de un regalo. Ha sido el más misterioso regalo de cumpleaños que yo haya recibido jamás, porque entre el bouquiniste y yo, no mediaron más que las meras palabras de agradecimiento, él nunca se enteró de que aquel 2 de mayo yo cumplía un aniversario de nacimiento, lejana de mi tierra, de mi madre, de mis amigos.

Al cabo del tiempo, ya de regreso a Cuba, recordaba con gran ternura aquel pasaje de mi vida, acariciaba entonces la cubierta del poemario, mientras a través de la ventana contemplaba un torrencial aguacero que desbordaba al Malecón.