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Escritura de paisaje

Lunes, 5 Julio 2010

Hacía años que no escribía con el mar Caribe de fondo, ya casi lo había olvidado.

Acostumbrada a escribir con el invierno como escenario, me doy cuenta de que la prosa no es la misma con el mar de fondo, con ese mar verde esmeralda, tibio y espumoso, que regala frases bullentes, párrafos a borbotones, palabras danzantes. Yo necesito del mar, me doy cuenta cuando lo tengo delante; a veces, por necesidad, lo olvido.

No se escribe igual frente a un río, o con una montaña haciendo barrera entre el cielo y la escritura. Aunque, nunca he conseguido escribir más de dos frases bajo un paisaje nevado.

Con el río, rielar aristotélico, sin embargo, las palabras se sueltan demasiado pensativas, demasiado esenciales y trascendentales.

El mar lava, aísla, solea, y obsequia a la escritura de un cierto atrevimiento, digamos que es insolencia, de un abigarramiento de aromas, que permite al lector viajar, soñar, sumergirse en la aventura del placer literario.

La montaña se siente demasiado, podría asegurar que incluso su pesantez se presiente, y se posa en la escritura aplastándola, igual que si un elefante se acostara encima de una hormiga.

Sin embargo, en algo coinciden el mar y la montaña, ofrecen una inquietud distinta, la de hundirse en lo más profundo, o la de elevarse a lo más inimaginable. Yo prefiero el mar al cielo, el viaje a la claridad de las arenas que el trayecto hacia las esplendorosas nubes.

Sándor Márai es, por ejemplo, un escritor marítimo. La melancolía teje un oleaje de frases vividas e históricas en su prosa. Herta Müller es una escritora de mar, igual, de un mar interior, que se bambolea en su cabeza, y el agua se desborda como de una pecera. Louis-Ferdinand Céline es un escritor de montaña. Marcel Proust de río, de uno muy especial, del Sena.

Estantes esotéricos y vampirezcos

Jueves, 9 Abril 2009

Los estantes de las librerías son el espejo del estado en que se encuentra el espíritu humano, su sensibilidad, su inteligencia. Pues bien, llevamos años con los estantes repletos de novelas de enigmas, esotéricas, o de vampiros y de brujos. La gente parece que quiere leer sobre eso, y seguramente será muy útil para el desarrollo del gusto por la lectura, pero el espíritu, a mi juicio, anda sumamente confundido. Porque, seamos sinceros, salvo pocas excepciones, esas novelas no dicen nada, no llevan a ninguna parte, y ni siquiera podemos comprender lo que nos quieren contar. Confieso que, como dije antes, salvo aquellos novelistas que realmente poseen una formación como tal y son especialistas en el tema que desarrollan dentro de una historia; ningún otro ha conseguido emocionarme. Son libros, al por mayor, con carga de esto y de lo otro. Pero de emoción poética brindan bastante poco.

Los autores que tienen historias que contar sobre realidades ocultas, pero realidades, diarias, problemas sociales, y humanos, escasean en los estantes. ¿Dónde están los Zola, los Flaubert, los Loveira, los Galdós, los Hugo, los Stendhal, los Proust de nuestra época? ¿Alguien podría indagar en nuestra sociedad como ellos lo hicieron con la suya, a través de personajes claves de sus vidas y de su imaginación?

Con lo otro que nos tropezamos a diario es con una cierta literatura ombliguista, o sea el cuentecito en torno a sí mismo para salir del paso, y además, la transgresión de a porfía, sin ningún tipo de interés filosófico, sin élan vital. No creo que la novela haya muerto, lo comprueban escritores como Eduardo Mendoza, entre otros. Pero en estos tiempos se impone un género facilón, el género sin estilo, sin lenguaje, sin absolutamente nada que contar. El género del vacío por el vacío. Bueno, dirán ustedes, ya es algo, cierto es. Ya es lo que no es nada. No, la novela no ha muerto, ha expirado el sentido trágico, romántico y romanesque de la novela, ya es una herida considerable.

Hace tiempo escribí en estas mismas páginas que lamentaba que el libro como objeto fuera a desaparecer, y un comentarista, que conozco, porque es a su vez novelista, me ripostó añadiendo que el libro era antihigiénico, o sea el papel lo era, y que el ibook,  por el contrario, no. Lo que sucede, es que yo colecciono dedicatorias de escritores, me mola que me dediquen libros. ¿Qué hacer con el ibook y las dedicatorias, dónde irían situadas, en el espacio esencial de su caligrafía, de su firma? Bueno, tal vez con la desaparición del libro como objeto -lo que no pienso que suceda-, desaparezca también el autor que dedica sus novelas, su obra. Porque entonces no será importante crear una obra de autor, lo importante tal vez será escribir con una suerte de higiene de escritura sumamente global, aburrida, totalitaria, ascéptica, sin nigún tipo de sello individual.