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Ciudad abierta

Jueves, 23 Diciembre 2010

El automóvil nos conduce hacia Roma, a la salida de París nos perdemos. Luego bajamos hacia el sur, la nieve desborda techumbres y cipreses. Montañas, túneles. Un frío glacial. Y de súbito Firenze, y enseguida Roma, la ciudad abierta.

Hace 16 grados centígrados en Roma, merodeamos el Coliseo, soleado y rodeado por romanos vestidos como en la antigüedad, que proponen que nos hagamos fotos con Julio César, en posición de sumisión al antiguo emperador. Nos quieren vender pedacitos del Foro Romano para pegarlos en la puerta del refrigerador, falsos, claro.

Frente al Museo Capitalino, y La Cordonnata de Michelangelo, advierto la foto de Shalit, el soldado israelí, rehén de los palestinos. A pocos pasos la foto de Sakineh, joven, bella e inocente, envuelta en el shador negro. Una joven de luto permanente.

Todo indica que la gente celebrará la Navidad de manera modesta. Los nacimientos son fabulosos, pero sin el aparataje mercantil de otras ciudades, poca publicidad. Roma no la necesita, y mucho menos en esta época. Anocheciendo empieza a llover y me refugio en una de las dos iglesias de la Piazza del Popolo, en la de Santa María de la Miracolosa (Milagrosa), la misa llega a su fin.

Me arrodillo, pido por todos nosotros, por Cuba, por el mundo.

¡Felices Navidades a todos! Muy especiales a ex carcelados cubanos que pasarán su primera navidad en libertad, por suerte junto a sus familiares.

¡Viva Cristo Rey y a comer mucho jamón, como Dios manda!

Un día como hoy

Viernes, 25 Diciembre 2009

Un día como hoy, algunos miembros de mi familia abrimos las cajas de la abuela, nos repatirmos sus pertenencias, bien pocas, por cierto. Los demás se llevaron casi todo lo más útil, a mi madre le tocó un puñadito de cosas sentimentales. Y a mí me tocó una pequeña pluma dorada, ya que siempre mi abuela me veía escribiendo, y pidió que después de su fallecimiento me entregaran ese objeto, que yo veneraba en silencio. Me fascinaba ver las manos de mi abuela abrir un cuaderno, tomar la pluma, e iniciar la escritura de una carta, o de un fragmento de libreto que debía estudiarse para el teatro.

En el momento en que mi madre me tendió la pluma -mi abuela ya fallecida-, aquel 25 de diciembre, una mano ajena me la arrebató, arguyó que yo era demasiado pequeña para poseer semejante tesoro. Yo tenía once años, y sabía escribir con pluma. La mano siniestra no sólo se apoderó de mi herencia, jamás me la devolvió.

Ayer, recibí varios regalos por Navidad, sin embargo, no puedo evitar recordar cada año aquella pluma, el último regalo navideño de mi abuela materna, quien deseó que fuera yo quien continuara escribiendo con aquel fetiche que ella había recibido a la vez de su padre.

Hace años oi decirle a Guillermo Cabrera Infante que una pluma lo había comprado a él. ¿Cómo pudo ser? Pregunté azorada, aunque a sabiendas de que se trataba de una de sus bromas. “Cuando uno compra una pluma cara, en realidad, la pluma seguirá existiendo, otro la herederá después de que nos hayamos muerto, o sea, ¿quién compra a quién?”. Me pareció un razonamiento fabuloso y exacto al mismo tiempo.

En verdad, si aplico ese argumento a la pérdida de la pluma de mi abuela, y lo desvirtúo un poco, entonces, yo no heredé aquel objeto dorado maravilloso cuya punta se deslizaba sobre el papel de manera sorprendentemente mágica, en verdad, ella me transfirió el deseo de escribir, de soñar para siempre con la escritura. La pluma fue sólo un pretexto, un símbolo.

Feliz Navidad

Domingo, 20 Diciembre 2009

Les deseo que pasen una feliz navidad con una película que les hará reflexionar, como a mí: