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El tiempo razonado

Lunes, 28 Septiembre 2009

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Estoy traduciendo la entrevista que le hizo la sueca Ingrid Rydbeck al pintor Pierre Bonnard, en 1937. Muchísimos años después y, tanto las preguntas, como las respuestas, y el texto que las acompañan, siguen teniendo una vigencia extraordinaria. No sólo eso, se puede palpar el ambiente del pintor, su manera de comportarse en la cotidianeidad, sus obsesiones artísticas, sus sentimientos, y todo esto de una forma directa y pausada.

No se trata de una entrevista hecha por alguien que busca la alharaca o hacerse célebre a través del artista. Ingrid Rydbeck indaga parsimoniosa, aguda, y a la vez sencilla, en las facetas de Bonnard, aunque pareciera que la más le interesa es la del Bonnard anfitrión, conversador, que habla de la vida y de sus pequeñas cosas, con aire de discípulo. El sabio lo descubriremos en los lienzos, de eso se trata.

Disfruto mucho este tipo de lecturas, de hecho, la traducción la estoy haciendo para mí, por placer, y para varios amigos que como yo se renuevan con este tipo de aventura literaria, en la que el pasado se ha convertido ya en tiempo razonado.

Pierre Bonnard es mi pintor predilecto. Se cuenta que Picasso lo adoraba en secreto, pues prefería que su ídolo permaneciera resguardado de la época que se les avecinaba, plena de rencores, ruidos banales y de juicios nauseabundos.

Pero volvamos a la entrevista, en la que un meditabundo y hasta tímido Bonnard confiesa que en realidad él siempre ha tenido problemas con la pintura. Oirlo decir eso, de manera tan abierta y sincera, a dos periodistas -con Ingrid Rydbeck se encontraba la fotógrafa Rogi André-, me confirma que vivimos en una época de desesperación total; donde los artistas no sólo han perdido la inocencia, además en lugar de pintar o de realizar su arte, parlotean como cotorras, y de contra, los que los entrevistas se preocupan más por la rayita mal dibujada que por la vida interior del entrevistado, y por sus necesidades vitales e intelectuales.

Recién visité a un pintor, bastante célebre, por cierto; le pregunté cuál era su color favorito. Y me miró como si yo fuera la niña del Exorcista. Su respuesta me hizo dudar de inmediato de su arte. “Los colores ya no importan, lo que importa es el mensaje”. Huí despavorida.

No gracias, no más de esa amarga medicina.

Leer En casa de Bonnard, en Deauville en las traducciones que he ido colgando en www.zoevaldes.net