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Reflexiones bajo un túnel en Los Pirineos

Lunes, 25 Enero 2010

A. es una amiga portuguesa, hace tiempo me contó que toda su familia cruzó Los Pirineos, a pie, para asilarse en Francia. Eran: ella, de seis años de edad, sus hermanos, y sus padres. Huían de una dictadura.

Hace un frío que pela, nieva, el túnel por el que transito, resguardada en un confortable automóvil, es largo, iluminado y bien construído; resulta ser un túnel tan largo que demoro en avizorar la otra boca. Este túnel no existía en la época en que A. atravesó las montañas nevadas, a pie, siendo apenas una niña. Sólo el ansia de libertad puede obligar a toda una familia con hijos pequeños a cometer semejante locura.

A. es hoy editora en una célebre editorial francesa. Pienso en ella, y en todos aquellos exiliados que han debido huir de sus tierras, bajo las amenazas y los peligros más inimaginables, mientras padecían hambre, los ataques del rudo invierno, y en el caso de los cubanos y de los haitianos -estos últimos, por otras razones-, la posibilidad horrenda de ser devorados por los tiburones.

Diez horas conduciendo hacia Barcelona, para ver a unos amigos, conocer a unos nuevos, y visitar la exposición Secretos Eróticos de Picasso, en el museo del Carrer de Montcada, y su extraordinaria colección de Shungas, dibujos eróticos japoneses, de los que el creador de Guernica era un coleccionista sin igual, tanto admiraba estos dibujos que terminó haciendo apasionadas versiones de ellos. Inigualables versiones, originales en la grandeza del pintor. Diez horas de regreso a París.

Picasso es un gran pintor, sin duda alguna, pero su pintura me da pavor; al menos una parte de su obra, esa entre 1937 y 1947. Empecé investigando esa reacción mía precisamente a través de su pintura, entonces pude percibir que todo estaba en él mismo, en la personalidad de Picasso, un ser muy contradictorio de manera individual. Lo dicho aquí se ha publicado enormemente en sus biografías y en los testimonios, la mayoría de sus mujeres, y de sus amistades. Picasso, de otra parte, chupó de Juan Gris, y hasta de Wilfredo Lam, de Pierre Bonnard, y sin duda alguna de Matisse. Con Modigliani no pudo, aún cuando lo envidiaba y ansiaba mucho de la sensibilidad artística e íntima de Modigliani. Eso no hace de Picasso un plagiador, desde luego, hace de él un recopilador genial de influencias, con las que construyó una obra superior, a veces, no siempre.

Por fin llegamos al final del túnel, vomitados desde el centro de una montaña, mi marido -que conduce- y yo. Afuera nieva, es rara la madrugada, todo está blanco y se nos encima un pico aún más blanco. Mal presagio me dije, mal presagio, musité. Y nos detuvimos entonces para beber chorros de café.