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“¡Qué se vayan el húngaro y la italiana!”

Lunes, 7 Mayo 2012

Ganó Flanby, así le llamaban a François Hollande, en broma haciendo referencia a la marca de flanes, y es que la manera de hablar de Hollande, sus pausas extensas, sus manierismos en los que no se sabe si está pensando la frase o si la está pescando en un río profundo, hacen de él una persona en apariencia inconsistente, fláccida, “mou”. Ganó Flanby, y los supermercados ya se anotan en la broma con la publicidad al punto: Président Flanby, para sus insípidos flanes (los franceses no azucaran los dulces, todo lo cocen con miel o con gelatinas y confituras).

¿Qué ha hecho Flanby aparte de pasearse en bicicleta por las Tullerías en el único gesto popular que le ha dado tiempo a hacer desde que Dominique Strauss-Kahn se atreviera supuestamente a violar a una camarera negra en el hotel Sofitel de Nueva York? Nada más que cortejar a la prensa, su mujer Valérie Trierweiler era redactora en jefe de Paris-Match, y cortejar a los comunistas, cuyo programa es idéntico al de Marine Le Pen. ¿Quién ganó en Francia? Los extremos, con una prensa babosa de odio en contra de Sarkozy, salivosa en su romance con la ultraizquierda. De tanto que le huyeron a Marine Le Pen terminaron cayendo en sus brazos. Los mismos que auparon a Segolène Royal, que luego la arrastraron por los suelos como una bayeta de piso, los que daban la vida por Strauss-Kahn, y que según se dicen fueron los mismos que lo hundieron (lo da a entender él mismo), los que fabricaron a Hollande, y que sólo tienen un interés: El Poder, más que la mejoría del país.

Ayer en La Bastille, que es donde vivo, ondeaban banderas de Argelia, pañuelos palestinos, y tímidas banderas francesas, en comparación. ¿El griterío? “¡Qué se vayan el húngaro y la italiana!” O sea, Sarkozy porque su padre es húngaro, y Carla Bruni-Sarkozy, su esposa, que es italiana. Algunos de los que lo gritaban son también hijos de extranjeros, dicen estar en contra de Le Pen y a favor de Hollande y de Mélenchon (el candidato de extrema izquierda, del Front de Gauche, pro castrista, pro Hugo Chávez, pro Rafael Correa, por Evo Morales, pro Daniel Ortega, et j’en passe…), pero se comportan como lepenistas.

Claman por el empleo, en contra del paro, pero exigen que Hollande expulse de Francia a los ricos, quitándoles incluso la nacionalidad (propósito más lepenista que éste habría que inventarlo).  O sea pretenden expulsar a aquellos que generan empleo.

Le pregunto a un joven bastante aspaventoso por qué está tan contento, qué es lo que le gusta de su candidato, ¿por qué votó por él? Responde: “¡Porque por fin podré casarme con mi chico!” Hollande prometió el matrimonio gay aun cuando él mismo no está a favor del matrimonio. Junto a él, su chico, supongo, grita: “¡Casse-toi, pauvr’con!”, no hace más que repetir en una especie de letanía burlona aquella frase del presidente Sarkozy cuando en el Salon de la Agriculture de la Porte de Versailles extendió la mano mientras saludaba a los visitantes a un tipo que le retiró el saludo de forma brusca.

El exabrupto del presidente ha sido utilizado durante todo su mandato como venganza, revertiéndolo y desvirtualizándolo hacia su persona. El pueblo es así, falso, porque sin duda alguna aquel que le retiró la mano a un presidente electo democráticamente es un pauvr’con, un pobre idiota, y sobre todo un maleducado, pero el presidente que ha sido el representante de Francia, ¡por favor, ¿qué derecho podría tener a gastarse un exabrupto?! En una ocasión, también en el Salon de la Agriculture, un gracioso de éstos del pueblo izquierdoso le gritó al presidente Jacques Chirac, dejándolo con la mano extendida: “Salop!” (puerco). Y el presidente Chirac respondió con una broma: “No, moi, c’est Chirac”.

Lo que ha demostrado este pueblo de izquierdas, ayer en La Bastille, es que es tan xenófobo como los lepenistas, y que no sólo no supo perder en el 2007, tampoco ha sabido ganar en el 2012. El rencor, la roña, no los deja disfrutar a plenitud. El que gana siempre debería hacer uso de la grandeza, de la generosidad. Tan feo fue el espectáculo que dieron anoche que el nuevo presidente les tuvo que pedir en medio del discurso que fuesen generosos, que estuvieran a la altura.

Las palabras de despedida de Sarkozy, brillantes. Las de Hollande de bienvenida a su mandato, “merci, merci, merci, merci… peuple de France… zzzzzzzzzzzzzzz”. (Ronquidos generales).