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Un día como hoy

Viernes, 25 Diciembre 2009

Un día como hoy, algunos miembros de mi familia abrimos las cajas de la abuela, nos repatirmos sus pertenencias, bien pocas, por cierto. Los demás se llevaron casi todo lo más útil, a mi madre le tocó un puñadito de cosas sentimentales. Y a mí me tocó una pequeña pluma dorada, ya que siempre mi abuela me veía escribiendo, y pidió que después de su fallecimiento me entregaran ese objeto, que yo veneraba en silencio. Me fascinaba ver las manos de mi abuela abrir un cuaderno, tomar la pluma, e iniciar la escritura de una carta, o de un fragmento de libreto que debía estudiarse para el teatro.

En el momento en que mi madre me tendió la pluma -mi abuela ya fallecida-, aquel 25 de diciembre, una mano ajena me la arrebató, arguyó que yo era demasiado pequeña para poseer semejante tesoro. Yo tenía once años, y sabía escribir con pluma. La mano siniestra no sólo se apoderó de mi herencia, jamás me la devolvió.

Ayer, recibí varios regalos por Navidad, sin embargo, no puedo evitar recordar cada año aquella pluma, el último regalo navideño de mi abuela materna, quien deseó que fuera yo quien continuara escribiendo con aquel fetiche que ella había recibido a la vez de su padre.

Hace años oi decirle a Guillermo Cabrera Infante que una pluma lo había comprado a él. ¿Cómo pudo ser? Pregunté azorada, aunque a sabiendas de que se trataba de una de sus bromas. “Cuando uno compra una pluma cara, en realidad, la pluma seguirá existiendo, otro la herederá después de que nos hayamos muerto, o sea, ¿quién compra a quién?”. Me pareció un razonamiento fabuloso y exacto al mismo tiempo.

En verdad, si aplico ese argumento a la pérdida de la pluma de mi abuela, y lo desvirtúo un poco, entonces, yo no heredé aquel objeto dorado maravilloso cuya punta se deslizaba sobre el papel de manera sorprendentemente mágica, en verdad, ella me transfirió el deseo de escribir, de soñar para siempre con la escritura. La pluma fue sólo un pretexto, un símbolo.