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Bibliotecas ideales

Sbado, 17 Septiembre 2011

Tomé el tren y llegué a Estrasburgo para participar en las jornadas tituladas Bibliotecas Ideales donde durante varias semanas los escritores estarán dando conferencias y lecturas, acompañados de artistas, cantantes, actores. A mí me tocó hoy viernes. Detrás de mí estuvieron Carole Martínez, Michel Le Bris, Lyonel Trouillot, y Giles Lapouge.

Siempre es una delicia escuchar a Michel Le Bris y a Gilles Lapouge. Son escritores que ha viajado más de lo que han vivido, y lo mismo se van a Haití, que bajo las nieves de Islandia. Cuando escribí Lobas de mar, cité en varias ocasiones a estos dos escritores, que son de la estirpe de Melville y de Stevenson.

Lyonel Trouillot es uno de los escritores haitianos que más suena en los premios Goncourt, al menos ha estado finalista en dos ocasiones. Creo que en ésta, la tercera, será la vencida. Ojalá lo gane, su libro La Belle Amour Humaine es sumamente hermoso en cuanto a lenguaje y a aventura humana, precisamente.

No conocía a Carole Martínez, me ha gustado mucho oir su lectura con una voz rajada y fuerte.

Mañana tomo el tren bien temprano para el Salón del Libro de Nancy. Estoy presentando El Todo Cotidiano en francés, titulado Le Paradis du Néant. Et je m’amuse. Si, hay que “hacer la calle”.

Dos lecturas

Mircoles, 25 Febrero 2009

Hoy madrugué, tomé un tren para Strasbourg, pues debía presentar dos libros traducidos al francés, publicados por Gallimard, La Ficción Fidel y Bailar con la vida, en la librería Kléber. Me leí en el viaje de ida, en dos horas, un libro. Y al regreso, otro libro.

Strasbourg es una ciudad preciosa, y ahora que tiene TGV resulta muy cómodo viajar desde París, confortablemente, en un vagón amplio, mientras leemos, y de vez en cuando levantamos la vista para disfrutar del paisaje. Aunque cada vez con mayor frecuencia la gente instala sus oficinas en cualquier sitio, sobre todo en los trenes, y el tecleo de los ordenadores que no paran, molesta. Vivimos en un mundo donde el ruido impera. Si no hay ruido nada existe.

Pero yo me puse mis tapones y a leer se ha dicho. Dos libros en cuatro horas, magnífico.

Di un recorrido por la ciudad, almorcé con François, el librero, y con su equipo, y conversamos evidentemente acerca de las lecturas que estábamos haciendo. Qué manera de sentir que vivíamos momentos sublimes, porque últimamente cada vez que abro la boca o alguien la abre para dirigirse a mí, sólo emitimos opiniones sobre la mierda que es la actualidad.

Delante de una descomunal y deleitosa choucrute, analizamos varios libros que acaban de salir, y satisfechos seguimos a los postres y el café. Otra vuelta por la ciudad, entrevistas, y regreso a la librería. La sala estaba llena, algo insólito, y nadie se puso furioso cuando se tocó el tema de Cuba, todavía más insólito.

Es un gusto compartir con los lectores, con los libreros, cuando la gente ama su trabajo, la vida se hace aún más fácil, y da la impresión de que levitas. Tomé el tren de regreso de noche. Mucho frío, cansancio, y lecturas. París, iluminada, esperaba por mis pasos. Me di entera a ella.