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Entradas con etiqueta ‘Vacaciones’

Muertos y más muertos

Lunes, 25 Julio 2011

No hay un perro día en que no abra la prensa, no encienda la tele, no oiga la radio, que no me hablen de puros muertos y de putos asesinos. Todos son muertos. Japón, por cierto, ya casi olvidado. El torero que en vez de matar a un toro mata a un chofer inocente (el simil del toro fue él el primero que lo usó, sin ningún tipo de respeto por la víctima). Le siguieron los muertos de Noruega y después Amy Winehouse. Todo esto cuando todavía estamos llorando los muertos de Haití. Bueno, los estamos llorando todavía los que tenemos memoria.

Es que no se puede no ya vivir, ni siquiera respirar, el ambiente apesta a cadáver. En las vacaciones muchísimo más, los accidentes de carretera suman cada día más fallecidos. Sumen los asesinatos de mujeres, las violaciones. Vivimos en un mundo donde sólo se enaltece la muerte, si no hay muerte no hay espectáculo, y como de eso se trata, del terrible espectáculo de matar, de fastidiar al próximo, no cesa; pues eso es lo que trajo el barco, sin más, no hay más vida sin esa retahíla de muertes.

Entras en las páginas de cultura no hay más que ver la cantidad de muertos, de malas noticias referidas a defunciones, de gente que mete droga, que se hincha de pastillas, y luego estallan. Tan simple como eso. Estallan hinchados de drogas y pastillas, y de todo eso se hace el mayor show, que durará máximo un mes. No, si es que esos shows no llegan a veces ni a los quince días. ¡Qué época tan espantosa, por favor!

Me pregunto qué clase de mundo le estamos presentando a los adolescentes, a los niños. Un mundo infernal, por supuesto. No quiero ni imaginar lo que vivirán las futuras generaciones después de haber crecido en esta caca de mundo barato de tumbas y cenizas. Pero para ese momento ya yo estaré muerta. Más tarde que temprano. Bueno, ojalá que no sea a la inversa.

Que tengan felices vacaciones plenas de vida y de buenas noticias.

Escritura de paisaje

Lunes, 5 Julio 2010

Hacía años que no escribía con el mar Caribe de fondo, ya casi lo había olvidado.

Acostumbrada a escribir con el invierno como escenario, me doy cuenta de que la prosa no es la misma con el mar de fondo, con ese mar verde esmeralda, tibio y espumoso, que regala frases bullentes, párrafos a borbotones, palabras danzantes. Yo necesito del mar, me doy cuenta cuando lo tengo delante; a veces, por necesidad, lo olvido.

No se escribe igual frente a un río, o con una montaña haciendo barrera entre el cielo y la escritura. Aunque, nunca he conseguido escribir más de dos frases bajo un paisaje nevado.

Con el río, rielar aristotélico, sin embargo, las palabras se sueltan demasiado pensativas, demasiado esenciales y trascendentales.

El mar lava, aísla, solea, y obsequia a la escritura de un cierto atrevimiento, digamos que es insolencia, de un abigarramiento de aromas, que permite al lector viajar, soñar, sumergirse en la aventura del placer literario.

La montaña se siente demasiado, podría asegurar que incluso su pesantez se presiente, y se posa en la escritura aplastándola, igual que si un elefante se acostara encima de una hormiga.

Sin embargo, en algo coinciden el mar y la montaña, ofrecen una inquietud distinta, la de hundirse en lo más profundo, o la de elevarse a lo más inimaginable. Yo prefiero el mar al cielo, el viaje a la claridad de las arenas que el trayecto hacia las esplendorosas nubes.

Sándor Márai es, por ejemplo, un escritor marítimo. La melancolía teje un oleaje de frases vividas e históricas en su prosa. Herta Müller es una escritora de mar, igual, de un mar interior, que se bambolea en su cabeza, y el agua se desborda como de una pecera. Louis-Ferdinand Céline es un escritor de montaña. Marcel Proust de río, de uno muy especial, del Sena.

Un verano caribeño

Sbado, 3 Julio 2010

Arena, sol, y playa, el sueño de todo mortal. La bocina del hotel recuerda un hit de los años ochenta: For eve young. Lo que queremos ser todos, eternamente jóvenes. Música, bailes, espectáculos, comida para botar, de hecho se bota, y ocio.

Llevo sólo dos días de mar transparente, incadescente sol, y arena caribeña, y también ya varias horas buscando una pistola para matarme o matar a alguien. La gente del Caribe sólo repìte: “Déjese llevar, doña”. Como si yo estuviera loca al pedirles que arreglen una gotera que tengo en la habitación, al informarles que el refrigerador no enfría, que el aire acondicionado no funciona con este calor de mil grados, y que el wifi no marcha, ni en el lobby, ni en el internet center. Ellos lo miran a una como si padecieran esquizofrenia, y mi voz fuese una más, entre las tantas que escuchan.

Me encuentro instalada en un complejo hotelero del que no lo dejan salir a uno más que para regresar al aeropuerto. Pero he podido constatar, por escapadas de las que acostumbramos a hacer los cubanos donde quiera que estemos, que alrededor del hotel, la vida diaria de los habitantes de este país, no tiene nada que ver con lo que vivimos, comemos y disfrutamos los turistas en el hotel. La pobreza hace ola.

Regreso bastante destruida, ya el sol, el mar, y la arena me saben a mierda. Lo que necesito es huir de aquí lo más rápido posible. Me juro que jamás cogeré un circuito turístico al tercer mundo, ni por solidaridad.

Ah, no diré el nombre del país, por pudor con sus habitantes. No se trata de Cuba, desde luego, que debe estar peor.