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Susan

Domingo, 23 Noviembre 2008

Mientras una anda en la comemierdería habitual o discutiendo de política, ella está trabajando, o preparándole a su madre un cumpleaños espectacular. Si la llamas en un momento inadecuado, responde a lo corto: “oye, estoy ocupada”. Y entonces, no queda de otra, a esperar que ella te llame “p’atrás”. Ella es Susan, vive en Miami, es cubana. Tiene los ojos, con sus pestañas, más lindos de la tierra, porque no son de un color que podríamos definir fácilmente, son  del color de la vida, así como de un fuego-pasión.

Una noche se puso un vestido violeta, y tiñó las estrellas. Nosotras, Ena y yo, en franca desventaja, porque Susan es una mujer con mucha huella; y me recuerda a aquella Lauren Bacall, con la voz tormentosa por encima de la humareda del cigarrillo.

Me invitó a su casa, aprecié su colección de pinturas, de bibelots de porcelana, de joyas. Habla con mucha propiedad, conoce su oficio, sabe cómo decorar el deseo, y que el cliente se vaya risueño, feliz, con esa última consecuencia de la penúltima sensación.

Susan usa un perfume que estremece, como de sueño lejano, y al final, cuando me despido de ella, me lo regala, junto con un broche (pasador le llamamos los cubanos), que palpita en sus manos, y con todo su cariño, y la dulzura de su mirada.

Hoy es domingo, regreso de trabajar en Niza, llevo cinco horas en el tren hacia París, hace un frío que pela. Voy leyendo a Reinaldo Arenas. Me hago la idea de que le habría gustado conocer a Susan.

En el tren pongo en mi cuello unas gotas del perfume de esa mujer tan distinta, y acaricio las ramas del pasador. Susan seguramente esté trabajando, y pienso en aquella noche, en una sandwichera miamense, en la que amontonamos camareras alrededor de nuestras llamativas fulguraciones. Yo acabo de trabajar, otro domingo en el tren… Quisiera compararme, pero jamás llegaré a tener el valor de Susan, ni llegaré a ser esa mujer de tan exquisita ecuanimidad.

Aviones, pasajeros.

Martes, 18 Noviembre 2008

Como carneros tomamos los aviones, nos restringen el peso del equipaje, nos quitan los líquidos, nos revisan hasta el ojete de la camisa, nos toquetean, nos humillan… Todo esto para encerrarnos en un pájaro de metal y volar durante horas de una ciudad a otra. Viajar ya no es lo que era, da vértigo, no más placer.

¡Quítese los zapatos! Me ordenan, me da asco caminar descalza por donde ha dejado su huella sangrienta un pie enfermo, contraeré una enfermedad, seguro. ¡Vote usted el agua, las cremas, los perfumes! Y a obedecer, porque si no, te pueden enviar hasta a una inconfortable estadía en Guantánamo, por sospechosa.

No me gusta viajar, lo detesto. Menos a la mierda con lujo de Miami, que esta vez fue recrudeciendo poco a poco su mediocridad y al final sacó las uñas. No me gustan las ciudades nuevas nuevas, porque son a la larga, provincianas provincianas, por muy modernas que quieran aparentar. Ni hablar de la política, los programas de basura de la tele, la radio gritona. Las orgías del botox, y las soledades. Pingas zarazas y cricas babosas. Nada que sirva para ser un poco más inteligente.

He terminado dándome igual Miami. ¡Quiá, que se fastidie! Por no tener la suficiente grandeza de iniciar su lucha contra le sajornera de la mediocridad.

Aunque salvo a algunas personas de este marasmo sentimental, algunos amigos queridos, y otras nuevas amistades, como Susan y Marytrini, dos transexuales fabulosas, trabajadoras, cultas, papayúas.

En el avión, comida plástica, y todo de un gris ratonil que aterra. Afuera, nubes de un espesor poco común. Debería saltar con pértiga.

Siempre una señal.

Jueves, 13 Noviembre 2008

Nos citamos la galerista Enaida Unzueta y yo con el pintor César Beltrán en el Little Haití de Miami, cuando anuncio a unos cuantos amigos que estaré por esa zona almorzando, me abren los ojos, y me miran como si me hubiera vuelto loca, para ellos Little Haití es un barrio a evitar, debido a su peligrosidad, añaden. Les recuerdo que estuve en Haití, y que he estado en sitios realmente peligrosos, pero no hay nada que hacer, con tantos lugares bonitos que tiene Miami, suspiran.

Almorzamos en un restaurante pequeño, limpio, y sobre todo muy bueno, un congrí picante, carne de puerco y plátanos chatinos.

Recorremos el pequeño barrio, comentamos acerca de los grafitis que intentan reproducir el espíritu de Port-au-Prince, mensajes religiosos, políticos, anuncios publicitarios… Entramos en una librería, la librera vende también una bebida: Crème de vie que misma hace y embotella con el sello de la librería.

Introduzco la mano en el estante, extraigo un libro delgado, es un poemario de Joann Rita Vega, se titula Hot Ice, publicado por la Association of Caribbean Studies. Miami, Florida, 1987. Me sorprendo al ver que la autora nació en Cuba, en 1952. En la librería sólo se venden libros sobre Haití o de autores haitianos, no me explicaba cómo había podido llegar ese libro a ese estante. Lo compré, abro una de las páginas, donde dice:

Isla

Esta noche

estoy sentada en la playa

de una tierra distante…

Un lazo fuerte, amoroso,

me ata a la isla

esta noche…

Sola,

con mis sueños

y mis esperanzas 

Calle 8.

Sbado, 8 Noviembre 2008

Hoy caminé por la calle 8, sobre todo para ver las galerías de arte cubano. Unzueta Gallery sigue siendo de las mejores, de una coherencia única. Siguen abiertas las galerías que venden, las que vendieron siempre. Otras abren también, pero pasado el primer embullo y tras las primeras presentaciones vuelven a cerrar. Aunque el arte cubano se mueve, los catálogos de las ventas de Christie’s del próximo 19 de noviembre lo prueban, la crisis ha envuelto todo en una sombría situación.

A sólo cuarenta y cinco minutos en avión de La Habana, el arte cubano del exilio trasciende de una manera silenciosa, tal vez menos lenta que antes, constante en su creatividad. Aunque, como dije, se nota la crisis.

Mañana se inaugurará la Feria del Libro de Miami, que cumplirá 25 años. Esta Feria ha venido presentando autores norteamericanos, latinoamericanos, y de todas partes del mundo, yo he participado en varias de ellas. El día 14 me tocará presentar a Fernando Arrabal, en un homenaje que le harán al conjunto de su obra. El 16 presento mi libro. Autores cubanos pululan por las calles de la ciudad. Algunos vienen de Cuba, aquellos que no necesitan visado, porque se han casado con extranjeros, o de otra manera han conseguido una nacionalidad que los salve de la cerrazón, del bloqueo interior castrista. Mientras a Yoani Sánchez el gobierno cubano le impide salir, otros autores burlan a lo como pueden y  como les conviene; no tienen ningún problema para acometer astutas fugas de allá, basta que hayan conseguido escapar adquiriendo otra nacionalidad incluso sin cumplir con los requisitos que hemos tenido que asumir (pago de impuestos, etc) para recibir la nacionalidad del país de residencia. La picaresca permite que una vez casado con un descendiente de franceses, por ejemplo, los funcionarios de la embajada de ese país puedan facilitar los trámites; qué agilidad, me digo, que extraña agilidad. Pero de cualquier modo me alegro que los cubanos, siempre que puedan, consigan salir y conocer el mundo. Lo que me entristece profundamente es que después de conocerlo, o de al menos probarlo, quieran empecinarse en seguir siendo confortablemente castristas. El asunto no es viajar y volver, la vergüenza es cuando lo hacen y además lo aliñan con declaraciones innecesarias.

He vuelto a caminar por una calle emblemática del exilio miamense, y les digo,  con La casa de Tula, que abre las puertas precisamente mañana y que es una suerte de night club cubano de los que promete musicalmente, con Padilla Cigar’s, sitio lujoso creado por los hijos del poeta Heberto Padilla para la fabricación, degustación y venta de los mejores tabacos del exilio, veo mucho más de lo mismo, de lo que ya había visto siempre, una espera infinita, pero por encima de todo: un arte por fin comprometido exclusivamente con la belleza y con la calidad.