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La pelvis de una Homo erectus explica la dependencia de los bebés humanos

Luis Miguel Ariza
20:00 - 13/11/2008

La reconstrucción por los científicos de la pelvis de una hembra de Homo erectus demuestra, a través del análisis de su tamaño y dimensiones, que sus bebés ya nacían con cerebros bastante grandes, por lo que las crías desarrollaron una gran dependencia respecto de sus madres que en el homo sapiens se ha prolongado.

En una de las mejores y quizá menos conocidas novelas del fallecido escritor de ciencia ficción Arthur C. Clarke, El Final de la Infancia, los niños abandonan a sus padres para integrarse en una inteligencia extraterrestre, y como consecuencia ningún nuevo niño vuelve a nacer: es el final de la Humanidad.

Si algo nos caracteriza con respecto al resto de los demás primates, es nuestra larga, elaborada y costosa infancia como dependientes retoños de cerebros grandes. Los bebés vienen a este mundo tan desvalidos que necesitan de sus padres para la supervivencia, algo que se alarga durante años. Un ejemplo: en las sociedades actuales los niños de menos de siete años no pueden sobrevivir sin ayuda. Pero los bebés de chimpancés prácticamente se las arreglan por sí solos después del destete.

En la pelvis se encuentra la respuesta

¿Cuando comenzó nuestra infancia? ¿Cómo evolucionó? La respuesta a este enigma se encuentra en la pelvis más intacta del mundo, perteneciente a una hembra de Homo erectus. Todo un acontecimiento paleoantropológico, que presenta 'Science' en su último número. Apunten bien la fecha: 1,2 millones de años. Aquí pudo empezar una parte importantísima de nuestra historia.

El fósil original se encuentra en Etiopía, y se encontró en Gona. Y el antropólogo Sileshi Semaw, de la Universidad de Indiana, y su equipo, han realizado una minuciosa reconstrucción computerizada del hueso. "Es la pelvis más completa jamás desenterrada de un Homo erectus correspondiente a este periodo, lo que nos proporciona información sobre el canal del parto y el tamaño de los bebés". Esta reconstrucción nos dice que el canal del parto era al menos un 30% más grande de lo que se pensaba, por lo que los bebés ya nacían con un cerebro bastante grande.

Es un hallazgo fabuloso por varias razones. La única pelvis que se conocía de un Homo erectus perteneció a un individuo juvenil, probablemente un chico, que vivió hace 1.5 millones de años en Turkana -el fósil encontrado por el legendario paleontologo Richard Leakey- llamado El Niño de Turkana.

Otras féminas importantes

Hasta ahora, los expertos sólo podían deducir cómo era la pelvis de una mujer de esta especie en base a las observaciones realizadas en un chico. "Desconocíamos la anatomía de la pelvis femenina de este homínido", ha indicado Semaw. De hecho, asegura, la única información sobre la pelvis de una hembra se remonta a Lucy, otro archifamoso fósil encontrado también en etiopía por el paleontólogo Donald Johanson en la década de los setenta.

Pero Lucy era una australopiteca, mucho más antigua -de hace 3,2 millones de años- y anterior a Homo erectus. Así que su pelvis no podía decir mucho sobre nuestros ancestros más próximos en el tiempo. Hasta ahora, se pensaba que las hembras de Homo erectus daban luz a bebés con un cerebro relativamente pequeño, el cual experimentaría un rápido crecimiento durante la infancia para alcanzar un tamaño más que respetable, aunque nunca como el del Homo sapiens.

Los bebés tenían un gran cerebro

Ahora, esta realidad es distinta. Los bebés primitivos tenían un buen cerebro al nacer. Eso no les hacía más independientes, desde luego. Los cerebros grandes son metabólicamente muy caros de mantener. Los Homo erectus de Gona no eran altos ni delgados como los de Turkana -una adaptación que permite perder más calor y ser ventajosa en climas muy cálidos-, sino más bien bajitos, con cuerpos anchos, como si estuvieran adaptados a climas más templados.

Sus infancias serían mas cortas que las nuestras, pero mucho más largas que las de los australopitecinos como Lucy. El cerebro del feto de Homo erectus podría crecer a un ritmo comparativamente parecido al nuestro, -o incluso superior-, pero ese crecimiento, tras el nacimiento, se ralentizaría considerablemente, y desde luego no crecería tanto como el cerebro de un niño de nuestra especie.

A fin de cuentas, nuestra capacidad craneana es mayor. Pero hace 1,2 millones de años podrían haber sucedido los cambios que han esculpido nuestra infancia actual.


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