Cine

Gutiérrez Aragón reconoce el trabajo de los actores en el lenguaje del cine

Barcelona, 9 sep (EFE).- El cineasta y escritor Manuel Gutiérrez Aragón reconoce el trabajo de los actores en el lenguaje cinematográfico en su último libro, "A los actores", un ensayo a caballo entre la teoría del cine y las memorias.

Gutiérrez Aragón ha dicho hoy en la presentación que su intención era "hacer un libro sobre los actores porque en casi todas las escuelas de cine y en las grandes teorías sobre el lenguaje del cine (Umberto Eco, Pasolini), los actores siempre quedan un poco al margen".

El autor siempre echó de menos que dentro de las teorías hubiera una consideración filosófica sobre el actor: "En el cine, aparte de ser personajes, los actores viven fuera de la película, lo que crea una extraña distorsión".

Existe además otra consideración, ya que en el cine antiguo "siempre se hablaba de una película de John Wayne, nunca de John Ford, porque al final lo que entra por los ojos es el actor, que, con su cuerpo, tiene una fuerza inusitada".

Curiosamente, la prensa habla mucho de los actores por el glamour, el cotilleo, pero "sobre el significado de la interpretación de los actores en el lenguaje del cine no se ha escrito tanto", argumenta el director.

Demuestra Gutiérrez Aragón, hoy cineasta retirado más por falta de oportunidades para hacer un cine independiente que por falta de ganas, estar al día de lo que sucede en el cine y en la televisión. Menciona la británica "Los Tudor", la sueca "Millenium" o la danesa "Borgen".

A su juicio, "el cine está devolviendo a la literatura lo que tomó de ella, porque las novelas se escriben actualmente con estructura cinematográfica, pero autores del XIX como Galdós o Pardo Bazán ya escribían novelas que podrían ser consideradas guiones".

La evolución de las series televisivas, que cada vez utilizan más el lenguaje cinematográfico, confirma que "el lenguaje del cine no está tan afianzado como el lenguaje literario".

Ángela Molina, Clara Lago, Fernando Fernán Gómez, José Coronado, Ana Belén, Fernando Rey, Juan Luis Galiardo, Óscar Jaenada, Eduardo Noriega y Alfredo Landa son sometidos a la mirada del director de "Demonios en el jardín" en "A los actores" (Anagrama).

Admite también que es "un libro para volver al cine, sin volver, es quizá una manera vergonzosa de volver al cine".

Aunque los actores tratados en su ensayo aún están en el imaginario colectivo, muchos de ellos pertenecen a "una generación, la mía, que tuvo la suerte de vivir la época de la transición, en la que había gran maridaje entre los espectadores y el cine. Hacíamos películas con mejores presupuestos y la gente discutía las películas y además se estrenaban fuera de España".

Reconoce que "ahora es más fácil rodar que antes, sobre todo con los medios digitales, pero lo que ha quedado en precario el cine medio, que era el que construía el cine español".

El autor se proclama un defensor a ultranza de "la ficción pura y dura" frente a esa corriente reciente que se avergüenza de la ficción, tanto en literatura como en el cine, y que recurre a falsos documentales o a la autoficción".

"Yo estoy en desacuerdo con esa tendencia, porque me gusta el relato que se enfrenta a la realidad, a los personajes y a la historia y no oculta que es una ficción".

Rechaza la posibilidad de trabajar en la televisión porque "no hay capacidad de poner tu impronta, dado que el director es un guardia urbano que vigila el tráfico, que vigila que la producción salga pronto y que cada capítulo se parezca mucho al episodio anterior, y frente a esta pérdida de autoría de los directores ha crecido la labor de los guionistas".

Aún así, hay oasis en el desierto de la televisión como "las series americanas de pago, en las que los creadores son mucho más libres, en contraste con el cine norteamericano, cada vez más aburrido porque no puede molestar ni a negros, ni mujeres, ni homosexuales, ni hispanos, ni tratar el aborto o la violencia".

Para resumir la labor del director en relación a los actores, Gutiérrez Aragón concluye: "Debemos encontrar el equilibrio entre los egos de los actores, aunque directores como Orson Welles intentaba enemistar a unos y otros".

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