Cultura

¿Por qué nos fascina tanto el arte egipcio?

Allá donde va triunfa. Por supuesto. Ponga usted en su museo una exposición de arte egipcio y el éxito, más que garantizado, será multitudinario. La última prueba es "Tutankhamon. La tumba y sus tesoros", en el pabellón 12 de la Casa de Campo de Madrid. Y eso que, por ejemplo, su entrada cuesta casi el triple que ver el Museo del Prado. En fin.

Lo cierto es que, como afirma el Dr. Wolfgang Wettengel, creador de la muestra de Tutankhamon, "las exposiciones sobre las fascinantes obras de arte egipcias gozan desde hace muchos años de gran popularidad". ¿Por qué? "Yo creo que se puede resumir en una sola palabra, quizá para su desgracia: el misterio, el halo de misticismo que existe en torno del antigua Egipto".

Quien responde es Juan de la Torre, presidente de la Asociación Andaluza de Egiptología, que prosigue: "El problema es que gran parte de ese misterio viene dado más que nada por el desconocimiento generalizado, porque una vez que te metes en el tema vez que no hay tanto".

La maldición más famosa: la de Tutankhamón

Durante siglos el misterio ha rodeado todo lo relacionado con el Antiguo Egipto, sus monumentos funerarios, ritos, dioses y faraones aparecen ante nuestros ojos como vestigios de un mundo desconocido. El desciframiento de la piedra Rosetta, que permitió la interpretación de los jeroglíficos, nos ha desvelado algunos de sus enigmas, pero muchos otros quedan hoy por resolver.

Cuando uno piensa en los faraones de Egipto, Tutankhamon es el primer nombre que viene a la cabeza. Es, sin duda, el más famoso de todos los faraones, precisamente por el misticismo del tesoro que se encontró en su tumba, incluida la conocida máscara de oro. Y por su maldición. Ésta es una de las maldiciones más famosas de la historia. Su difusión ha contribuido a aumentar el halo de misterio y de magia que siempre ha envuelto a los majestuosos monumentos funerarios egipcios.

Tutankamón era un joven faraón egipcio de la XVIII Dinastía. Llegada la hora de su muerte fue enterrado según sus costumbres, en una tumba rodeado de sus más preciados tesoros y gran cantidad de alimento del que dispondría en su otra vida. En noviembre de 1922, Howard Carter halló en el Valle de los Reyes la momia del joven faraón y sus tesoros intactos.
 Unos días después del hallazgo, Lord Carnarvon, el promotor de la expedición, murió de neumonía; su perro que se encontraba en Inglaterra, también.

 La leyenda estaba servida. La novelista gótica Marie Corelli -tan injustamente olvidada, por cierto- aderezó la leyenda, afirmando que poseía un manuscrito árabe que certificaba la maldición. Pero nada. Fue uno de los primeros casos de la prensa sensacionalista inglesa. El cine -La momia y sus secuelas, al frente- contribuyó también al montaje. Carter, por cierto, murió en 1939 con 65 años.

De Tutankhamón a Indiana Jones

Sea como sea, sirviéndose del mito, el proyecto "Tutankhamon. La tumba y sus tesoros" marca una nueva pauta: como en una novela, los visitantes -sobre todo, niños, el nuevo objeto del deseo expositivo- pueden revivir la emocionante historia de la excavación arqueológica. Y aquí toca, de nuevo, la leyenda. Indiana Jones o la leyenda del héroe arqueólogo.

Indiana Jones. Un personaje que marcó a una generación, intrépido, audaz, atrevido, temerario? y a veces un patoso con suerte. ¿Qué niño nacido en los setenta y ochenta no se ha acercado alguna vez en su infancia a su madre con una sonrisa en los labios diciendo "mamá, quiero ser arqueólogo".

Y la frase, aunque la gran mayoría de los niños que acuden a ver la réplica de la Tumba de Tutankhamon tan sólo han visto Tutankhamon y el reino de la calavera de cristal ?o sea, ya no es lo que era?, vuelven a pronunciarla nada más salir de la Casa de Campo, que además tiene todos los argumentos de un parque temático.

Gran éxito de público

Éxito de público, y eso es indiscutible, lo tuvo también hace años la exposición "Faraón" (Canal de Isabel II, Madrid) o "Tesoros sumergidos de Egipto" (Matadero-Legazpi, Madrid). Y allá donde se exponga arte egipcio el reventón está garantizado. De Valencia a Ciudad de México. De Londres a Berlín.

Pese a todo, la exposición de la Casa de Campo se topa en sus pretensiones con ciertos límites. Si bien la exactitud científica se mantiene, no presenta las delicadas y sensibles obras originales como en el marco clásico de los museos.

"Los mismos egiptólogos empiezan a exigir que las cámaras funerarias con sus pinturas murales llenas de color sean sustituidas por réplicas, a fin de que este valioso patrimonio de la humanidad no se vea afectado por el turismo de masas y pueda ser transmitido a futuras generaciones", se justifica Wettengel.

Entre las réplicas más llamativas figuran el sarcófago de oro (cuyo original se encuentra en el Museo Británico de Londres), la máscara funeraria (la imagen más popular de Tutankhamon), el trono del faraón o el carro que usaba para desplazarse, hecho totalmente de oro (que está en el museo de El Cairo, junto a la mayoría de las 6.000 piezas del tesoro).


"Quería reconstruir literariamente un mundo"

Forster, Shakespeare, Cavafis... El interés por Egipto, no obstante, va también más allá del mito, los faraones o Tutankhamon. Su magia ha cautivado a investigadores e intelectuales de toda índole. En España, sobre todo, a Terenci Moix.

"Quería reconstruir literariamente un mundo que me apasionó desde siempre, darle cotidianidad, resucitarlo en sus formas, en sus perfumes, en sus sonidos, como un anticipo de la realidad virtual, de la que soy un fanático", afirmaba tras la publicación de No digas que fue un sueño, su primera novela de tema egipcio.

Por supuesto, No digas que fue un sueño ha hecho su fortuna como novela pasional -no en vano, recrea otra leyenda, la relación entre Cleopatra y Marco Antonio-, pero su mayor interés era desentrañar la fascinación enfermiza que le provocó a "Terenci del Nilo" lo que se ha dado en llamar "el Egipto del crepúsculo", ese mundo híbrido que produce el helenismo y con el que muere el Egipto clásico.

Terenci Moix, entre tanto, explicaba la pasión egipcia racionalmente, citando a Mika Waltari, Lawrance Durrell o la gran Amelia Edward, la navegante del Nilo. Aunque todo nació con Heródoto: "Cada uno de esos escritores realiza una aproximación a Egiptos distintos -resumió el propio Moix-. La Tebas de Sinuhé el Egipcio no es lo mismo que la Alejandría de Durrell, ni Amelia Edwards ve el mismo Egipto que pudo ver Herodoto. Pero me atrevo a decir que todos los autores vieron en Egipto la cuna de nuestra civilización".

El mito, como se lee, es por supuesto griego

Heródoto: "Sobre Egipto hablaré extensamente, por que en ningún otro lugar del mundo hay cosas tan maravillosas ni de grandeza tan indescriptible...". El mito, como se lee, es por supuesto griego.

Y Heródoto dijo también que "Egipto es un don del Nilo", frase que suele introducir gran parte de los estudios históricos acerca de la civilización egipcia, ya que, indudablemente, sin el caudal de este río, el desierto habría anulado la posibilidad de un asentamiento humano estable en la zona.

El hecho de que el faraón fuera hijo de un dios formaba parte del orden y del equilibrio en el que creían. De que fuera un dios dependían hasta las crecidas del Nilo y, por lo tanto, su supervivencia. Y el Nilo era la vida, si no hay Nilo, la vida no existe.

Y el arte no es más que la cara visible de la civilización, posible gracias al Nilo. Esto lo explica el historiador Blanco Freijeiro: "Para el arte, disfrutaba Egipto de la enorme ventaja sobre otros países, como Mesopotamia, donde la piedra era importada del exterior, de poseer excelentes e inagotables canteras -caliza de Tura, granito de Assuán, alabastro e infinidad de pórfidos y basaltos del Desierto Arábigo- capaces de suministrar a los arquitectos y escultores bloques de una magnitud que predisponía a la monumentalidad y al colosalismo".

Y las egipcias fascinan, no sólo a egiptomaniacos

Pero, hay otra clave, desde que en 1964 se expuso en el British Museum la primera gran exposición sobre Egipto: la belleza. Por ejemplo, del busto de Nefirtiti. Los egipcios, sí, fueron los primeros en adorar la belleza y recrearla artísticamente.

Un halo de misterio sigue rodeando la escultura policromada de la reina Nefertiti que se conserva en Berlín, un retrato que, 3.500 años después, no ha perdido su enigmática sonrisa -¿de sabiduría, de sensualidad o de desdén?- y ha sido considerado la Mona Lisa de Amarna, la representación emblemática de las maravillas y misterios de una de las épocas más asombrosas de Egipto.

Con Nefirtiti nace la proclama de André Breton: las obras de arte se dividen en dos categorías: las que me gustan y las que no me gustan. Y las egipcias fascinan, no sólo a egiptomaniacos, como Modigliani, por ejemplo, sino a la gran mayoría. Y ahí se divisan otras cuantas que bien pueden expresar el decálogo del arte egipcio: la máscara de Tutankhamon, la cabeza retrato de Tiye, la tapa del sarcófago de Maakare, la máscara funeraria de Khonsu, las joyas de Sat-Hathor, las estatuas de Ramsés II y Nefertari? o las pirámides de Keops, Kefren y Micerinos.

El arte de la felicidad

Otra clave es el complejo equilibrio entre la muerte y la eternidad, tan presente en la religión y el arte Egipto. "Nunca un pueblo alguno tuvo para la muerte una actitud más disciplinada, más ordenada que los egipcios", afirmaba Terenci Moix. Y así es. El egipcio estaba altamente influenciado por sus creencias en el Más Allá y fundamentalmente por el concepto de eternidad-durabilidad, y fueron estas ideas las que determinaron su producción artística.

El egipcio creía que el alma vive en los alrededores del cuerpo, el difunto era rodeado del ajuar funerario y de ushebits, que son sus dobles y sus ayudantes en la otra vida, por que tienen el poder de animar lo inanimado.

Para el egipcio hay posibilidades de felicidad en la otra vida. En Mesopotamia el muerto lleva una existencia más desgraciada y si es olvidado por sus familiares pasará desgracias en el Más Allá, de ahí la existencia de un arte funerario egipcio frente al arte más severo de Mesopotamia.

En el fondo es, pues, un arte de la felicidad. Si el arte egipcio está influenciado profundamente por la religión, no lo es menos por el centralismo político que trata de exaltar el poder absoluto de los reyes y la grandeza de su imperio.

¿Por qué le gusta a usted el arte egipcio?

En el fondo, da igual. Hoy el mercado del arte el legal y, notablemente, el ilegal, aunque el Gobierno egipcio trata de ponerle coto todas las piezas encuentran comprador. "¡Todas!. Existe un mercado para todos los niveles y precios. Tanto los objetos mediocres como las obras maestras siempre encuentran su comprador", explica el historiador Jacques Billen, que tiene galería propia, Harmakhis, en el corazón de París.

Su opinión es interesante. "La sobrevaloración o infravaloración a menudo significa que el mercado, o algún segmento de él, fluctúa o es inestable. Al arte egipcio no le afectan las modas, no es víctima de las artificiales manipulaciones de los precios por parte de los anticuarios o de las casas de subastas con la idea de publicitar un producto. El arte egipcio no necesita mucha promoción para ser conocido como uno de los mayores logros de la humanidad en la antigüedad".

De extraterrestres, por supuesto, nada de nada, por si quedan dudas, aunque sus atribuciones han contribuido lo suyo a la fascinación. ?Las pirámides las construyeron los egipcios, hay pruebas de sobra. Lo que pasa es que en ciertas publicaciones parece que so no dicen mentiras no venden. Y eso que resultaría igual de curioso explicar la verdad. Sabemos cómo se hicieron. Hay restos y marcas de rampas en muchas pirámides. Pero hay quién ve más lógico que unos marcianos vinieran y se pusieran a poner piedras?, según Juan de la Torre, presidente de la Asociación Andaluza de Egiptología.

¿Por qué le gusta a usted el arte egipcio?

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