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"Queríamos un Calatrava", o cuando la arquitectura icónica desterró la mesura

EFE
26/10/2016 - 13:03

Barcelona, 26 oct (EFE).- Santiago Calatrava es "el paradigma de la arquitectura icónica", en la que "destaca para bien y para mal" al anteponer siempre "las razones estéticas sobre las pragmáticas" y desdeñar los sobrecostes, según afirma el periodista Llàtzer Moix, autor de "Queríamos un Calatrava", en el que revisa su trayectoria.

Moix, que dirigió la sección de Cultura de La Vanguardia durante 20 años y es autor de varios libros sobre arquitectura, se planteó escribir este volumen "por curiosidad, para saber qué había ocurrido con un arquitecto que, de triunfar y ser admirado en todo el mundo, pasó a ser una figura cuya percepción se había invertido y era muy criticada", ha explicado el periodista en una entrevista con Efe.

Tras visitar una quincena de notorias obras del arquitecto y entrevistar a un centenar de sus clientes, técnicos y colaboradores, Moix ha cuajado una completa crónica en la que, a modo de gran reportaje, expone el resultado de sus pesquisas, con las que muestra las luces y las sombras de un Calatrava que rehusó participar en un libro en el que se plantearían críticas a sus trabajos.

En "Queríamos un Calatrava" (Anagrama), el lector será testigo de los encargos y vicisitudes de proyectos como la estación de Zúrich, la torre de telecomunicaciones en Montjuïc, la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia, los puentes de Barcelona, Sevilla, Bilbao y Venecia, el Complejo Olímpico de Atenas, el Complejo de Buenavista de Oviedo o el intercambiador de transportes de Nueva York.

Moix sitúa la "fiebre" en España por la arquitectura icónica tras la construcción del Museo Guggenheim de Bilbao, momento en que "muchas ciudades españolas sienten la necesidad de dotarse de un icono arquitectónico, con la convicción de que será un talismán, un seguro de futuro" para estas urbes.

En este terreno abonado y en una época de bonanza económica, aparece la figura de Calatrava, "un gran seductor", que en su faceta de artista y dibujante "hacer sentir al cliente que participa en vivo en el acto creativo de la obra" y que también "es muy bueno a la hora de redactar los contratos, muy garantistas para él y muy poco para los clientes".

Ejemplo de obra desmesurada fue el encargo del expresidente balear Jaume Matas para construir un espectacular teatro de la ópera en medio de la bahía de Palma de Mallorca, que Calatrava quiso aprovechar además para modificar la fachada marítima de la ciudad, un proyecto que se desestimó al cambiar el gobierno autonómico.

"Esas obras no respondían a una necesidad real y la inversión que requerían estaba fuera de lugar; eran operaciones de imagen en las que se metían los clientes públicos, que actuaron con manga ancha y con una incompetencia muy notables", asevera Llàtzer Moix.

Moix cuenta la anécdota de que, cuando un promotor privado encargó a Calatrava seis torres de oficinas en Barcelona con unos honorarios de 15 millones, le exigió fijar por contrato que el precio del metro construido no superaría una determinada cantidad.

Ante esta exigencia, Calatrava se levantó de la mesa diciendo que nunca firmaría un contrato que comprometiera su libertad creativa o artística. El empresario le replicó entonces: "Y yo no firmaré un contrato que atente contra la viabilidad económica de mi negocio".

A la hora de considerar responsabilidades por obras públicas en las que los costes se han desbocado o cuya funcionalidad es en ocasiones dudosa, Llàtzer Moix estima que esta es compartida entre el arquitecto y los políticos que le encargaron las obras.

Estima Moix que el carácter de Calatrava está marcado por "la vocación de singularidad" y "una ambición que a veces parece ilimitada". El arquitecto e ingeniero valenciano "es una persona que considera que está llamada a construir edificios únicos", si bien "la gestión que ha hecho de sus construcciones no ha sido óptima".

Muchas de las obras de Calatrava han registrado grandes sobrecostes respecto a los presupuestos iniciales, y así se estima que la Ciudad de las Artes de Valencia ha tenido un coste de 1.300 millones de euros, a lo que se sumarían otros 700 millones por déficit de explotación, mientras el intercambiador de transportes de Nueva York duplicó su coste hasta rozar los 4.000 millones.

Como mejor obra de Calatrava, Moix señala la estación de Zúrich, "una obra de juventud estupenda a la que dedica 6 años y todos sus esfuerzos", y la peor el Complejo de Buenavista de Oviedo, que "está fuera de escala, con desconsideración al entorno y que además tuvo muchos contratiempos, como el derrumbe de la losa del Palacio de Congresos en fase de hormigonado".

Con todas sus luces y sus sombras, Moix dice que "es obvio que Calatrava es el arquitecto español más notorio", aunque "no el de mayor proyección en los círculos más exigentes, y que "está fuera de dudas que tendrá su entrada propia en las enciclopedias de arquitectura porque es el paradigma de la arquitectura icónica, que ha sido la dominante en los últimos años".

"En este terreno ha destacado para bien y para mal, y el reconocimiento lo tendrá. Ahora, si ese artículo será como el de la Wikipedia, que casi hace mas énfasis en los problemas que en las soluciones, eso solo lo puede decir el tiempo", concluye el autor.