Deportes

El fútbol no les gusta

    Imagen: Reuters.

    Sergio de la Cruz

    Antes de comenzar, debo avisar al lector: la temporada 17/18 es mi décima como socio abonado del Atlético de Madrid, circunstancia que nunca me ha frenado para criticar, cuando he creído conveniente, aspectos futbolísticos y de otra índole que afectan al club, tanto en la esfera privada como en la profesional. Informar de esto es lo mínimo para el que va a leer tenga el contexto necesario.

    Durante todo este tiempo, he viajado a varias ciudades para ver al Atlético: Valladolid, Gijón, Milán...y Éibar, el pasado fin de semana. Una gente maravillosa, hospitalaria y de gran corazón que se vio recompensada con un espectáculo 'nauseabundo' en una pequeña parte de las gradas de Ipurua, la destinada a la afición visitante. Allí, una vez más, el Frente Atlético hizo de las suyas.

    Porque el Frente Atlético nunca se fue. Tras la muerte de 'Jimmy' en la ominosa batalla campal en Madrid Río se prohibieron simbología y pancartas, pero el Frente nunca dejó el Calderón. Por supuesto, tampoco faltó en el Wanda Metropolitano. Y en los viajes por toda España (y Europa) no ha desaprovechado ocasión alguna para hacerse notar.

    En Éibar, la manera de destacar fue, casi de inmediato, lanzar ataques a la afición armera, a menudo a raíz de su 'condición' de vascos. "No nos engañan, Vascongadas es España", sospechosos levantamientos del brazo derecho (demasiado rígido, ya saben), cortes de manga y banderas que consiguieron pasar el control de seguridad antes de la entrada. Incluso insultos a los jardineros que, tras el final del partido, trabajaban bajo una buena tromba de agua. En el control, dicho sea de paso, muchos se tapaban ante las cámaras que filmaban cómo la Ertzaintza supersivaba su acceso. Algunos de ellos seguían embozados, en las primeras filas, una vez dentro del estadio. Me sentí avergonzado y culpable. Avergonzado, por lo injusta de la situación para los aficionados del Eibar. Culpable, porque no pude dejar de pensar que, como poco, mi presencia allí (en esas circunstancias, con esa compañía) contribuía a fomentar ese circo de tinte fascista.

    Y es que acompañar al Atlético fuera de casa es un ejercicio de convivencia (¿?) con los miembros del Frente Atlético. No hay viaje que se pierdan porque tienen un acceso total a las entradas, como el resto de abonados, cuando su comportamiento en los estadios avala un amplio ramillete de sanciones y prohibiciones. La alternativa para la persona de a pie que quiera disfrutar de su equipo favorito y visitar otros campos es ir de tapadillo. Pero no solo con los rivales: ellos deciden cómo animar, cuándo, e incluso vigilan. Es habitual ver a alguno de sus integrantes pasarse buena parte del partido de espaldas al césped. No hay nada en su actitud que no denote hostilidad. El fútbol, para ellos, es un campo de batalla. De hecho, reconocen abiertamente que ni les va ni les viene. De ello se vanagloriaron en Ipurua: "El fútbol no nos gusta, el Atleti, sí". Lo que les interesa, por encima de todo, es mantener su cuota de influencia en un club que les tolera, o algo más.

    Todas estas actividades son conocidas por una directiva que no hace nada, porque la presencia de un grupo ultra con el que mantiene periódicos enfrentamientos de chichinabo le conviene: al final, ellos son los que animan. La infamia de dos asesinatos a sus espaldas, apología de violencia en su estadio (inolvidables los repugnantes cánticos mofándose de la muerte de Aitor Zabaleta) y el aumento progresivo de la dificultad para la asistencia de aficionados atléticos 'normales' en el resto de España, el carísimo precio a pagar por tener a un grupo (recordemos que no constituye, ni mucho menos, la mayoría) que cante y apoye a los jugadores.

    Lo de Eibar, una sola muestra (no la más dolorosa) de las muchas que hay. Y a ésta le seguirán más. Desgraciadamente.