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Lo insaciable de la noche

Zoé Valdés
24/07/2009 - 9:15

¿Por qué escribo de noche? La única respuesta que se me ocurre es bastante grosera: porque la noche me abre el apetito. No hay nada de poético a primera lectura en esa respuesta, lo sé, lo siento.

A decir verdad, el acto de escribir, ese acto ambiguo, entre la serenidad y el salvajismo, desgarrador y agónico, lo asumo en plena consciencia de tristeza. Empiezo una frase y al instante me invade la melancolía, no puedo evitarlo, y no deseo impedirlo. Mis pupilas se ahogan en las palabras, que entonces se entrelazan en un oleaje espumoso y huracanado. No consigo ser feliz escribiendo, y sin embargo, eso me agrada.

Todo empieza al caer la tarde, en el crepúsculo. Aparece la luna y ya dejé de ser yo. La noche entreabre los labios, pareciera a punto de entregarse en un beso. No lo es, no es un beso, más bien se trata de una mordida. Abre la boca, vulgar, insaciable, oscura, impenetrable. Ah, la noche y sus perradas, fantasmagorías abundantes de ventanales rotos, espejismos, quimeras, parejas muriéndose de caricias, de sexo, menos de amor. Todo lo roza el hambre nocturna de la bestia: la noche.

Hambre literaria

Escribir es enfrentarse al animal teñido de añil, cuya mordida sumerge en un mundo onírico muy personal, creado sólo para la tibieza de tu cuerpo en remojo.

Tengo un hambre atroz.

Establezco una relación penosa entre las palabras y las galleticas de chocolate. Me premio con ellas. Si consigo escribir dos páginas de un tirón me siento en el derecho de masticar cinco golosinas. Estrictamente cinco, ni más ni menos.

La fatalidad viene después: el cargo de culpa. Soy culpable de escribir y de morder trofeos de azúcar.

Existen noches peores que otras, y en lo peor es donde único halla consuelo la verdadera literatura. Por ejemplo, las noches en que no consigo pasar por el hoyo de una aguja, y que entonces no puedo hilar la brevedad del silencio, o las otras, madrugadas en las me deshilacho sucia y empobrecida en el insólito pétalo de una rosa de seda china, en ésas mi carne se emborrona semejante a una oración errónea, mal dicha, insustancialmente evocada.

Cambio de aires

Hace algunos años, yo escribía sobre La Habana, donde nací, sobre los cabarets y la música de aquella bellísima ciudad, luminosa, desbordante también de noches insaciables; homenajeaba de este modo a Guillermo Cabrera Infante, y a mi madre. Sobre todo a ella.

Ahora sólo escribo acerca de la noche tibia parisina, abrazada a ella. Porque la noche habanera ha devorado mi extrañeza. Y ya no me asombra nada que no sea penumbroso y difícil.

¿Por qué escribes de noche? Porque me da el apetito, el latido, el pálpito. Y es en la noche en que, como un vampiro o un grifo o un unicornio, me transformo en La Habana, y voy viviéndola desde sus entrañas, muro a muro, piedra a piedra; entonces rutilo débilmente, parpadeo, y me apago en ella, cual estrella voraz, caída, y absurda.

Espero el amanecer, a que el sol escupa sobre mi alegría.


Comentarios 4

#1
24-07-2009 / 13:44
Puntuación 2

Desgarrador e intimo texto. Gracias por compartir tu noche con nosotros.

#2
24-07-2009 / 16:16
Frida
Puntuación 2

Que continuen tus noches asi. Que dicha conocer tu proceso creativo.

#3
24-07-2009 / 18:12
Juliett
Puntuación 2

La noche ofrece el lado instintivo y creativo tan opuesto a lo racional diurno. Es el momento donde la confusion del lenguaje tambien se manifiesta y se inclina a lo poetico (aun en la narrativa), se desatan los significantes. La ciudad ideal seria aquella donde la noche se manifiesta en parques llenos de arboles y lo citadino se da la mano con la naturaleza. Un precioso texto el que has colocado.

#4
25-07-2009 / 01:53
Ruppert
Puntuación 1

Me encanto!