España

El análisis: El plebiscito de Arenys, un desafío revolucionario

Cataluña ha sido mantenida en constante efervescencia desde 2003 -año en que significativamente se jubiló Jordi Pujol- por una clase política poco rigurosa, estridente, nada realista y dispuesta a todo para tocar poder.

Maragall, un personaje confuso que dio primacía a su catalanismo sobre su socialismo originario, lanzó una extravagante propuesta estatutaria, basada en un contradictorio federalismo asimétrico, que desencuadernaba la Constitución y que, pese a haber sido pulido en varias instancias, hoy es gran quebradero de cabeza de un Tribunal Constitucional que debería convalidarlo; su demora contribuye lógicamente a crear zozobra social.

Cuando el PSC claudicó

El propio Maragall, además, alumbró un "tripartito" en el que la compatibilidad entre ERC y el PSC se consiguió mediante las claudicaciones ideológicas de este último. Y todo ello se ha aderezado con la reivindicación permanente y quejumbrosa de mayores prestaciones y dádivas del Estado, que supuestamente marginaba a los catalanes frente a otros pueblos más favorecidos por el dedo del centralismo. La belicosa exigencia de las balazas fiscales fue el triste testimonio de una visión cicatera y ruin del Estado de las Autonomías.

En estas circunstancias, cuando el PSC compite con CiU en afán identitario y en fervor catalanista y cuando el PP continúa sin acertar en sus mensajes en Cataluña, no es extraño que el germen independentista asome y se extienda. Si durante más de cinco años sólo se ha invocado al Estado español para denostarlo y reclamarle lo que en justicia, supuestamente, corresponde a los catalanes, ¿cómo impedir que la sociedad civil termine creyendo espontáneamente que el siguiente paso consiste en librarse de este corsé limitante?

Arenys, un desafío revolucionario

Por añadidura, la idea del plebiscito de Arenys se ha gestionado de la peor manera posible. Primero, la iniciativa de celebrar la consulta en dependencias municipales fue rechazada gubernativamente -se debió pensar que se trataba de un terrible desafío revolucionario contra el orden constitucional-, lo que obligó a celebrarlo en una institución privada.

Después, al tiempo que se ponía todo género de trabas al referéndum, el juez autorizaba una manifestación falangista, en contra del muy sensato parecer de la Consejería de Interior de la Generalitat. Por añadidura, nadie ha desmentido la información que aseguraba que el abogado del Estado que recurrió contra la iniciativa municipal había sido candidato de Falange. En este contexto, el lema de la irritación popular era obvio: "Autodeterminación, no; Falange, sí". Lo extraño es que sólo el 41% de los vecinos fuese a votar.

Independentismo sin arraigo

Las encuestas del CIS indican que el independentismo tiene todavía escaso arraigo en Cataluña pero advierten de que la tendencia es claramente al alza. Si en 2005 el 13,6% se manifestaba partidario de que Cataluña tuviera un Estado independiente, ahora el porcentaje es del 19%. Expertos en ciencia política aseguran que si el Estado no reacciona, el fenómeno irá claramente a más. Y como causas de ello mencionan la desorientación ideológica de los grandes partidos estatales -PSOE y PP, que deberían sostener el discurso autonomista-; las disfunciones del Estado de las Autonomías y la mala calidad de la política en general, que arroja a los ciudadanos a las opciones radicales.

El independentismo tiene, en fin, fuerte capacidad de retroalimentación. Y la experiencia de Arenys de Munt, que sugiere reacciones periodísticas tan 'light' como la de La Vanguardia de hoy -El civismo gana en Arenys- tendrá muy probablemente un largo recorrido municipal, de desenlace imprevisible. A menos, claro está, que CiU y PSC adopten una posición clara y firme a favor del statu quo.

De los intelectuales, más vale no hablar: como siempre, y dejando a salvo alguna honrosa excepción, su misión pedagógica se reduce al silencio. No vaya a ser que si aparece una sola idea, alguien tome represalias.

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