Europa

Escocia intenta probar esta semana su sostenibilidad en la independencia

Salmond y Cameron firman un acuerdo de referendum. Imagen: EFE

Escocia afronta esta semana un importante acontecimiento para su futuro. Un referéndum sobre la independencia medirá la temperatura de un debate que desde hace más de 300 años sobrevuela la conciencia colectiva británica.

Los dos bandos, Yes Scotland, a favor de ir por libre, y Better Together, que aboga por la continuidad del statu quo, se han implicado en una campaña cuyo desenlace supondrá un golpe de efecto para la facción vencedora. En juego, el voto de los jóvenes, la apuesta del futuro del país ante la sostenibilidad de una Escocia por su lado, con todas las renegociaciones que desencadenaría la separación; o la conveniencia de permanecer en la Unión, a costa de las ansias liberadoras reivindicadas desde el Acta de la Unión que en 1707 unió a las dos Coronas. Esta semana, la Universidad de Glasgow se transforma en un laboratorio político para acoger un ensayo de la votación prevista en otoño de 2014. Hasta 20.000 estudiantes servirán de termómetro de los cuatro millones con derecho a participar el próximo año. Su veredicto será revisado con lupa en plena transición de un plebiscito que pasa de las consignas políticas a la fase de análisis.

Frente a la frenética actividad al norte de la frontera de Inglaterra, donde el Ejecutivo nacionalista ha dado cuenta incluso del programa de transición en caso de una hipotética victoria del sí, el Gobierno de David Cameron venía mostrando un acercamiento más reposado, llegando incluso a acusar al escocés de dedicarse en exceso a la forma del proceso, y menos al contenido. Londres, sin embargo, tiene de momento la partida controlada. Según la última encuesta de Actitudes Sociales, publicada en enero, el apoyo a la independencia ha caído a mínimos históricos del 23 por ciento, nueve puntos por debajo del mismo período del año anterior, cuando Cameron había dado el golpe estratégico de otorgar a Edimburgo la inesperada concesión del referéndum. Eso sí, con normas, plazos y fórmulas controladas desde Downing Street.

Las ansias separatistas, en cualquier caso, nunca han superado el 35 por ciento alcanzado en 2005, paradójicamente, antes de que los nacionalistas llegasen al poder. Un dato que tampoco lleva a la coalición británica a relajar una campaña que pretende, por una parte, establecer un armazón legislativo objetivo de las repercusiones de una Escocia por libre; y por otra, defender su apuesta por la continuidad. El primer informe acaba de ser publicado en un proceso que, por el momento, discurre por los cauces cívicos de dos administraciones que se han comprometido a una cooperación limpia ante un cruce de caminos en el que apuestan por direcciones opuestas.

Los dos expertos en Derecho Internacional convocados por Londres han determinado que Escocia perdería el estatus institucional que actualmente le confiere su pertenencia a Reino Unido, incluyendo su pertenencia a organismos internacionales, desde la ONU, a la UE, pasando por la OTAN, que deberían por tanto ser renegociados. Y es que si para el resto de la Unión, como Estado continuista, la situación permanecería igual, el nuevo debería empezar de cero como prueba la práctica totalidad de los procesos acometidos desde la II Guerra Mundial. Un punto aprovechado paradójicamente también por el Partido Nacionalista Escocés (SNP), que subraya que si la treintena emprendidos desde entonces, el último Sudán, lo han logrado, por qué no Escocia.

Un frente importante

La maquinaria pesada, sin embargo, ha venido del Grupo de Trabajo Fiscal, un frente creado por el Gobierno en marzo de 2012 para garantizar "asesoramiento imparcial" ante el proceso. A la advertencia de Londres de la necesidad de renegociar desde la base, el grupo de expertos, entre los que se incluyen los premios Nobel Joshep Stiglitz y Jim Mirrlees, ha determinado que Escocia tiene "potencial para ser una nación independiente exitosa", siempre que se garantice un armazón macroeconómico basado en una firme disciplina fiscal y la estabilidad financiera. Aseguran que el esquema preparado podría adoptarse desde el primer día de la independencia, si bien requiere importantes negociaciones con Londres. No en vano, entre sus apuestas figura la unidad monetaria con la libra como divisa, un objetivo que, según ellos, no sufriría los males de la eurozona, ya que si ésta se caracteriza por disfuncionalidades como la de tener economías tan dispares como las de Alemania o Grecia, Reino Unido y Escocia comparten muchos rasgos. Además, donde los Diecisiete van por libre en política fiscal, el grupo plantea que el pacto monetario se base en un acuerdo de sostenibilidad que limite gasto y tributos. Aun dentro de la flexibilidad para establecer prioridades, existiría un marco común, definido, además, en una denominada Comisión de Gobernanza Macroeconómica en la que las instituciones de Escocia y Reino Unido coordinarían políticas. Un envite que supondría que, en caso de una crisis bancaria, la amenaza de insolvencias sería coordinada a través del área esterlina, lo que significaría que Londres y Edimburgo compartirían el riesgo.

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