Europa

Sergio Mattarella tendrá menos poder que Napolitano

Matarella, en una imagen de archivo. Imagen: Reuters

El nuevo presidente italiano no tendrá tanto poder como su antecesor, Giorgio Napolitano. Este último fue el único Jefe de Estado en casi 70 años de democracia en prorrogar su mandato: tras el resultado incierto de las generales de 2013, los principales partidos le pidieron que repitiera para asegurar el arranque de una legislatura dirigida a las reformas. Es más, durante los últimos cuatro años de su Presidencia, Italia ha cambiado cuatro primeros ministros, dejando al expresidente de la República como único punto de referencia frente a Europa.

La Constitución italiana, de hecho, otorga al Jefe de Estado un poder bastante amplio: es el presidente de la República quien elige al primer ministro y tiene poder de veto sobre los ministros, manteniendo incluso la facultad de disolver las Cámaras cuando sea oportuno. En el turbulento periodo entre 2011 y 2014, Napolitano hizo valer sus prerrogativas: empezando por sustituir a Silvio Berlusconi por el tecnócrata Mario Monti en otoño de 2011 e impulsando el nacimiento de un Ejecutivo de amplia coalición liderado por Enrico Letta en 2013, cuando en las generales el centroizquierda consiguió una victoria a medias.

Finalmente, fue Napolitano quien acompañó la toma de posesión de Renzi, el joven secretario del Partido Demócrata que hace un año defenestró a su compañero de partido, Letta, para hacerse con el Gobierno e impulsar una nueva temporada política. Por su labor en un periodo tan crucial, la opinión pública ha convertido a Napolitano en un monarca, en una suerte de rey republicano, el único capaz de mantener la continuidad institucional en medio de la crisis económica y de la parálisis política.

El perfil de su sucesor, sin embargo, es muy diferente. Y no es porque hayan cambiado en la Constitución los poderes del Jefe de Estado. Lo que sí ha variado con respecto a la época de Napolitano es la situación política, ya que el primer ministro Matteo Renzi no quiere que nadie le haga sombra.

Además, Italia se prepara para tener una nueva ley electoral, recién aprobada por el Senado, que busca estimular el bipartidismo y -como ha explicado la ministra de Reformas, Elena Boschi- dar a los electores "un ganador cierto cuando se cierren las urnas". Basta ya de largas negociaciones en el Quirinale, el fastuoso palacio que es la sede de la Presidencia de la República donde, tras cada elección general, los lideres políticos acuden para buscar las alianzas necesarias para formar un Gobierno.

Renzi ha conseguido con la nueva ley electoral lo que Berlusconi estaba intentando hacer desde hace años: dar más poderes al Jefe de Gobierno para que éste pueda gobernar sin estar siempre bajo la lupa de la Presidencia de la República. El líder conservador ha ayudado su adversario a llevar a cabo este proyecto antes de la elección del nuevo Jefe de Estado; pero luego se arrepentió cuando el joven líder progresista elegió como candidato a presidente a Sergio Mattarella, exministro democristiano que, en 1990, dimitió de su cargo con tal de no aprobar la ley que legalizaba las cadenas televisivas de Berlusconi, nacidas en un vacío legal.

Así que, con la elección del nuevo presidente de la República, el eje entre los dos líderes parece debilitado. Berlusconi ha amenazado con romper el pacto sobre las reformas pero la verdad es que el Cavaliere es muy débil y de momento es el primer ministro quien tiene la sartén de la política italiana por el mango.

Y si Berlusconi no quiere seguir con las reformas Renzi, siempre tiene el arma de las elecciones anticipadas. En el borrador de la nueva ley electoral se prevé que no entre en vigor antes de 2016. Aún así, Renzi podría esperar a las primeras señales de recuperación económica previstas para este año para luego capitalizar el consenso antes del fin natural de la legislatura, en 2018.

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