Fútbol

Simeone da el mejor regalo al Atlético

Simeone, en el Santiago Bernabéu. Imagen: EFE.

El mayor síntoma del declive de una persona es que se le apague la llama del orgullo, que se le averíe el resorte que le empuja a levantarse ante cualquier caída. En un mundo tan tendente a la personificación como es el del fútbol, el Atlético de Madrid sabía hasta hace muy poco qué significaba vivir sin orgullo. Lo relataban los medios, lo sufrían los hinchas, lo disfrutaban los rivales.

Viajemos a un pasado no tan lejano en el que para el Atlético los fichajes venían disfrazados de Milinko Pantic y resultaban ser Richard Núñez, o peor todavía, se caían en las presentaciones. Si llegamos con éxito a este pasado podremos observar a la Intertoto, ese trofeo que se llegó a perder y del que dependía la participación en Europa. También podremos ver los miles de promesas incumplidas, todas las expectativas derramadas en el mantel. Y por encima de todo, comprobaremos que el Atleti era un club vacío, sin alma, un recurso para los chistes, el amigo feo al que te llevas a la discoteca para entretener a la amiga de tu último rollo.

Pero tras el empujón de Quique Sánchez Flores, el Atlético se convirtió un un auténtico killer de la noche bajo la batuta de Diego Pablo Simeone. Pasó en poco más de un año a ser peligroso. Al principio se le observó con condescendencia, después se le comenzó a tratar con respeto. Ahora le meten (de forma injusta, pues induce al error) en el saco de los dos grandes colosos del fútbol español, y ya nos resulta natural.

Una final conquistada en el Bernabéu, otra en Bucarest, un 4-1 al todopoderoso Chelsea para la Supercopa de Europa, una Liga en el Camp Nou, una Supercopa de España de propina contra el eterno rival...y, ay, el minuto 92:48. Quizá de esa noche de triste recuerdo sigue alimentándose el Atlético, aunque no se lo imagine ni el propio Simeone. Y es que algo se ha reactivado en las franjas rojiblancas. Que la Champions se escapase por unos pocos segundos no tumbó al equipo, le ha dado un motivo más: está picado, se siente tocado en el... ¿Se llamaba orgullo?

Se llamaba orgullo, y el Atleti ya lo siente como suyo, como si nunca hubiese dejado de estar con él. Lo mismo, pero multiplicado por cien, ocurre con una afición (espoleada por las peores costumbres mediáticas) que confunde la crítica constructiva con el escarnio al entrenador que ha conseguido todo esto.

En el mismo escenario en que perdió su segunda oportunidad (y con una repetida e inusitada crueldad) para la Champions, el Atlético venció al Benfica para pasar como primero de grupo a octavos, y apenas hubo algarabía. Los jugadores, comandados por Simeone, reaccionaron como el soldado que simplemente ha cumplido con su labor. Al fin y al cabo, y aunque a muchos se les olvidó durante años, lo que hace el Atlético es volver a su hueco, el que abandonó para instalarse en la mediocridad.

No busquen responsables en los palcos: apunten (y no disparen) al banquillo. Hizo del mantra 'partido a partido' una religión y demostró al mundo entero que si se creía y se trabajaba, se podía. Y así llegamos de vuelta a la realidad, tras un viaje de pesadilla al pasado.

Verán, en este momento, que el Atlético es segundo de la tabla de la Liga a solo dos puntos del equipo que le duplica el presupuesto y que el curso anterior ganó el triplete. Verán, también, que tras tener que reconstruir parcialmente el equipo, Simeone va dando forma a un nuevo ejército de hormigón armado. Verán a un cabeza de serie en el sorteo de octavos de Champions por tercer año consecutivo. Verán algo que solo se valorará con el tiempo: el orgullo que sirve de combustible a los chicos de Cholo Simeone. No renuncie nunca al orgullo.

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