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El liberal Nick Clegg dinamita el bipartidismo británico

El candidato liberal, Nick Clegg

Las centenarias piedras de Westminster han comenzado a temblar ante un terremoto político de consecuencias incalculables. Reino Unido acude a las urnas en diez días con la mayor incertidumbre en décadas.

Ya no es la falta de hegemonías que apuntaban las encuestas. El hito de las primeras elecciones con posibilidades de cambio desde 1997 es la ruptura del rígido bipartidismo. Y el epicentro de este seísmo es Nick Clegg.

El líder liberal-demócrata ha revolucionado una carrera que, antes de su brillante aparición en el primer debate televisado, se dirimía en si David Cameron lograría la mayoría absoluta o, por el contrario, la Cámara de los Comunes quedaba sin hegemonías por primera vez desde 1974. Sin embargo, los anhelos de Cameron toparon con un giro inesperado: Clegg, un europeísta convencido, casado con una española y que logró el liderazgo en 2007, se ha erigido en verdadero obstáculo entre el aspirante conservador y el número 10. Pero no es el único. El liberal-demócrata no amenaza con arrebatarle las llaves de Downing Street, ni siquiera a Brown. Son las peculiaridades del sistema electoral-británico.

La representación parlamentaria responde a un diputado por circunscripción. Este año se juegan 650. En consecuencia, el poder corresponde al grupo que obtiene más escaños, una ecuación que no tiene por qué equivaler al porcentaje de apoyo popular. Es más, con las actuales previsiones, los laboristas, pese a figurar en tercera posición con un 27 por ciento, según la pormenorizada encuesta de encuestas de la BBC, obtendría 261 asientos. Los conservadores, con un tercio del total, se quedarían en 258; y los liberal-demócratas, en segundo lugar con el 30 por ciento, verían tan sólo 102 parlamentarios.

Sentencia de futuro

La incontestable aritmética abre un escenario de negociaciones que, subrepticiamente, ha comenzado. Clegg, comparado con Obama por su mensaje de cambio en el tradicional establishment político británico, es quien tiene la clave para sentenciar su futuro. De los otros dos, el que no sea primer ministro, probablemente tampoco continúe al frente de los suyos.

Aún así, la estrategia de los partidos ha cambiado. La condescendencia con la que trataban a Clegg se ha convertido en ataque. Si la lucha es a tres, la batalla es por la supervivencia. En principio, el premier era el más beneficiado. El auge liberal-demócrata aumenta el reparto de la tarta parlamentaria y, consecuentemente, resta a los tories. El modelo electoral haría el resto. Sin embargo, la legitimidad de un mandatario tercero en apoyo popular quedaría en entredicho. Es más, la cabeza de Brown, por quien Clegg siente una conocida animadversión, podría ser el precio del apoyo.

Incertidumbre

Los laboristas cierran filas en torno al líder, pero sus estatutos recogen que si un primer ministro queda invalidado, su gabinete tiene poder para nombrar un sucesor temporal. En el cuartel general conservador la inquietud sigue otra ruta. Cameron no abandona la posición de cabeza, pero su popularidad ha descendido y el mensaje de renovación y juventud que encarnaba le ha sido arrebatado. Una de las claves que Clegg ha sabido capitalizar es el creciente sentimiento antipolítico en una sociedad desencantada tras el escándalo de los gastos parlamentarios y la crisis bancaria. Por ello, el nuevo manual de campaña tory apela al voto útil: el país necesita una mayoría clara y ellos son los únicos que pueden garantizarla. Aún así, entre bambalinas, los fontaneros barajan alianzas.

La clave es cuál están dispuestos a sellar los liberal-demócratas. Uno de los peajes que exigirán será la reforma electoral. El laborismo la lleva en su programa. Los tories se oponen, pero podrían ceder. Consciente de su posición, Clegg arrojó ayer algo de luz. Por "idiosincrasias irracionales" del sistema Brown no puede continuar en el número 10 si resulta la tercera fuerza. Su objetivo: respetar el resultado electoral, aunque con sus normas.

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