Hasta el 31 de marzo de 2004, el nombre de Blackwater era completamente desconocido para la gran mayoría de los telespectadores en general. Nadie contemplaba la idea de que en Irak o Afganistán combatieran seres humanos que no fueran militares del Ejército de EEUU, y ni mucho menos que tuvieran inmunidad. Pero llegó el incidente de Faluya en el que murieron cuatro de sus miembros y con él, el fin del anonimato de los contratistas que luchaban en clandestinidad.
La guerra de Irak se le está enquistando a la Administración Bush. La invasión y sustitución de Sadam que pensaban duraría tan sólo unos meses va camino de alcanzar cifras exageradamente desproporcionadas, y lo que es peor, no tiene aspecto de mejorar en nada. Desde que las tropas invasoras se instalaran en Oriente Medio se han multiplicado los atentados terroristas, ha aumentado la división y el desánimo entre los ciudadanos, las disputas entre los diferentes partidos, y por si fuera poco, también se han producido múltiples enfrentamientos sectarios. ¿Qué debió de pensar entonces George W. Bush? Una sola palabra: Blackwater. La solución a todos sus problemas.
Esta empresa privada fundada por Erik Prince y que actualmente disfruta de una infraestructura completamente paralela a la maquinaria de EEUU, dispone de una cantidad ingente de hombres armados, su propia CIA, división aérea, vehículos blindados y lo que es más importante, tan sólo cobran 1.000 euros diarios por soldado, y si mueren, no cuentan como víctimas de guerra.
Por si fuera poco, en 2004 Paul Bremer (ex administrador civil de EEUU en Irak), aprobó la orden 17 que daba inmunidad a todo el personal contratado en el país. De este modo, los soldados de Blackwater no pueden ser imputados en Bagdad por sus crímenes, ni tampoco juzgados por las leyes militares porque, sencillamente, son civiles. Ahora en Irak hay alrededor de 150.000 soldados de EEUU y 180.000 personas contratadas que no están regidas por ninguna ley.
El negocio de la guerra en Irak
En Faluya cuatro miembros de Blackwater fueron capturados en una emboscada y linchados a plena luz del día por una multitud que luego quemó sus cuerpos y colgó de un puente. Las imágenes de este desagradable incidente, además de escandalizar a la opinión pública, revelaron al mundo que existían contratistas militares privados trabajando por lo menos en Irak, y lo que es peor, que además conformaban un ejército en la sombra.
Erik Prince, fundador de la compañía, lo tiene claro, Blackwater "es como Fed-Ex (la empresa postal), cuando quieres asegurarte de que un paquete llega bien y rápido lo haces mediante la empresa privada y no por el servicio postal que te ofrece el Gobierno." Pues lo mismo ocurre con Blackwater. El propio Donald Rumsfeld un día antes del 11-S lanzó un guiño a la necesaria privatización del Ejército al asegurar en una rueda de prensa que "el mayor enemigo del Pentágono era la burocracia del Pentágono."
Pero es que la profesionalización del Ejército en favor de las entidades bancarias tiene un claro inconveniente: si los distintos Gobiernos contratan soldados para cubrir conflictos armados, la guerra termina interesando económicamente a las empresas. Sin ir más lejos, ahora mismo Blackwater es la contratista privada más importante del Departamento de Estado de EEUU. Cerca de un 90 por ciento de sus beneficios proceden de los contratos con el Gobierno norteamericano. Pero no es la única. Otras empresas como Halliburton, Dyncorp o KBR también se están aprovechando del negocio de la guerra en Irak.
La 'zona verde' de Bagdad por ejemplo, se ha convertido en el centro y símbolo del poder de las empresas privadas en Irak. Los 11 kilómetros cuadrados más seguros del país árabe se prepara para afrontar un proyecto de hasta 5.000 millones de dólares con el que quieren construir un campo de golf (el Tigris Woods Golf and Country Club), centros comerciales, un estadio de fútbol y varios hoteles de lujo. Sin contar con el acuerdo de más de 300 millones de dólares al que llegó una empresa de California especializada en parques de atracciones para reconstruir el maltrecho zoo de Bagdad.
¿Es posible que las empresas privadas puedan guiar la política exterior de EEUU? Según Jeremy Scahill, autor del libro: Blackwater. El auge del ejército más poderoso del mundo, juntas sí. Sea como fuere, lo único que parece estar más claro es que la población iraquí ha perdido, así como la americana y el resto del mundo. Las empresas son las únicas ganadoras de la guerra.