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La viuda de Pablo Escobar le define como un "psicópata" por el "terror" que sembró en Colombia y en su hogar

6/12/2018 - 11:44
  • Victoria Eugenia Henao era una niña cuando conoció a Pablo

Victoria Eugenia Henao era una niña cuando conoció al que sería su marido y padre de sus dos hijos, Pablo Escobar. Su historia de amor comenzó como un "cuento" y mutó hasta una "pesadilla" a causa del "terror" que sembró en Colombia y en su propia familia. Ahora, con la distancia de los años, le describe como un "psicópata" por el que todavía piden perdón.

"Nuestra historia de amor fue como los castillos encantados de esos cuentos que contamos a los niños", recuerda Henao, que en su huida asumió la falsa identidad de María Isabel Santos, en una entrevista concedida a Europa Press en Madrid con motivo de la publicación de su libro 'Pablo Escobar: Mi vida y mi cárcel', editado por Ediciones Península.

Ella tenía 12 años y él 23. "Me encantó, yo creo que también por esa diferencia de edad (...) Él tenía como más de esa sabiduría de la vida y yo tenía la ingenuidad", comenta, aunque confiesa que la "presión" que ejercieron sus padres para boicotear esa relación fue, paradójicamente, lo que terminó de consolidarla.

Del contrabando al tráfico de drogas

Por aquel entonces, Escobar se dedicaba al contrabando, "una forma de supervivencia" muy extendida en Colombia que ni Henao ni las autoridades veían del todo mal. "Era un tema más bien social. Yo escuchaba que la gente viajaba y vendía ropa y cigarrillos (...) Me parecía una manera de ganarse la vida", afirma. Sin embargo, rápidamente pasaría del tráfico de productos corrientes a cocaína, lo que le permitió construir un auténtico imperio que le sirvió de trampolín a la política. Llegó a ganar un escaño en la Cámara de Representantes que le hizo soñar incluso con la Presidencia de Colombia. "Era una persona muy bien vista", confirma.

Henao asegura que esa etapa de su vida la vivió como una mera espectadora. "Yo era muy niña", enfatiza. Tras casarse con Escobar, tuvo a su primer hijo con 16 años y, gracias a la ayuda de su madre, siguió estudiando hasta completar el bachillerato. "Yo estaba más al cuento de mis compañeros (de clase) que al cuento de dónde estaba mi marido", explica.

A ello suma la cultura paisa, "muy machista", en la que fueron educados. "El hombre nunca te compartía su vida íntima. Salía de casa, llegaba y punto. (Se podía) hablar del hogar o de la pareja pero no más (...) Yo era ama de casa y me dedicaba a cuidar de mi hijo y de su educación", resume.

Interrogada sobre si no advirtió que algo pasaba cuando el dinero empezó a entrar a raudales, Henao responde que la excusa que le daba Escobar era que tenía unos negocios inmobiliarios que le iban "muy bien". Lo cierto, apostilla, era que tenía negocios inmobiliarios que daban buenos réditos. "Pablo figuraba como un empresario reconocido. Todos los políticos se sentaban con él (...) Entonces, si Colombia no lo pudo ver en ese momento, si todo el mundo se sentaba con el empresario, si ese era el hombre que era mi marido", ¿por qué lo tenía que haber visto yo?, cuestiona.

Turbulencias

Cuando la ensoñación política del fundador del cártel de Medellín salta por los aires "empieza a vislumbrarse la situación". "No me enteré en muchos años porque es como un trabajo silencioso, íntimo, que tú no ves, que no escuchas", dice Henao, que a estas alturas estaba ya embarazada de su hija, Manuela.

Para ella, esta etapa de su vida fue como un tsunami que "llega y te arrasa". Primero, "fueron cuatro años de abundancia" aunque también de "mucha soledad". Henao y sus hijos vivían en el ático del Edificio Mónaco, en "un apartamento espectacular", pero Escobar ya era un prófugo de la justicia colombiana y el Ejército irrumpía en la casa hasta "tres veces por semana".

El hogar familiar acabó hecho añicos por un coche bomba colocado por el cártel de Cali. Comenzó así una "guerra" entre grupos rivales, contra grupos paramilitares y contra el Estado colombiano. "Solo me pude dedicar a abrazar a mis hijos, a esconderme con ellos y muchas veces a irme del país", relata.

Henao recuerda un episodio en particular. Cuando Escobar intentó enviar a su mujer y sus hijos a Alemania para que pasaran a buen recaudo esta "guerra". Las autoridades les frenaron el paso. "Nos estaban regresando a la muerte literalmente (...) Pero en ese momento nuestra vida no tenía ningún valor más que la vida de Pablo", lamenta.

De vuelta a Colombia, suplicó en numerosas ocasiones a Escobar "que parara la violencia". "Nunca me escuchaba. Yo nunca sentí que una opinión mía -él siempre me vio tan joven y tan ingenua- le interesara", dice. Asegura que el miedo la paralizó. "Y esa parálisis hizo posible que yo hoy esté aquí y que mis hijos estén vivos", sostiene. "Si yo hubiera sido una rebelde o hubiera salido corriendo, no sé si hoy estaría aquí", subraya.

Fin de la pesadilla

Henao confiesa que el día que las fuerzas colombianas y la DEA estadounidense abatieron a Escobar en los tejados de Medellín, "siendo muy doloroso", pensó que "quizá era el final de la pesadilla". En cambio, "fue el principio de otra pesadilla más grande": la de negociar con los enemigos de su difunto marido por su vida, la de su hija y, sobre todo, la de su hijo.

El Estado quedó satisfecho con la caída del 'capo' y la confiscación de muchas de sus millonarias propiedades. El Cártel de Cali, por su parte, buscaba la garantía de que el Cártel de Medellín no resurgiría de sus cenizas con su heredero natural, el hijo de Escobar, a la cabeza. Henao se ofreció como garantía de que no pasaría: "Yo iba a pagar con mi vida".

En esas negociaciones con los otros 'narcos' de Colombia, jugó un papel clave la colección de arte que Henao había reunido en los años de bonanza. Ofreció sus obras y las pocas posesiones que les habían dejado el Estado y la familia Escobar para terminar de pagar su salvoconducto. "Salvador Dalí, ni en sus espacios más surrealistas, imaginó que su obra iba a ser ondeada como bandera de paz entre dos cárteles", ironiza.

La viuda y los hijos de Escobar recalaron en Argentina con identidades falsas bajo las que vivieron cuatro años "muertos de miedo" porque alguien les descubriera. Se abrieron camino con negocios inmobiliarios que naufragaron al ser víctimas de un fraude que les arruinó, les "desnudó" ante el mundo y llevó a Henao y su hijo a la cárcel. Fue "un proceso muy doloroso" que al menos les permitió recuperar sus verdaderas identidades. "Algunos nos aceptaron y otros salieron corriendo", apunta. Henao vuelver a estar perseguida por la justicia argentina por supuestamente lavar dinero para un aparente empresario, José Piedrahita, que se ha descubierto como un narcotraficante colombiano.

Ella niega tajantemente las acusaciones. "Yo estoy totalmente tranquila, tengo mi conciencia en paz", declara. Henao aclara con firmeza que "no osaría equivocarse", "dar un paso en falso" que pusiera de nuevo su vida, la de sus hijos y la de su nieto en peligro.

Todavía sigue "limpiando" los restos de ese "tsunami", entre otras cosas rememorando "una historia para no repetir, para que la juventud no caiga en el narcotráfico". Así, llama a la responsabilidad de quienes hacen un relato distinto "creando modelos que no son buenos para el mundo que esperamos vivir". De hecho, para Henao los mejores momentos no fueron los de opulencia, sino aquellos en los que "faltaban muchas cosas" porque vivían "en paz". Después, Escobar evolucionó hasta convertirse en "un psicópata" que sembró "terror" en Colombia y "dolor" en su hogar. A ella solo le queda "pedir perdón": "Por mi inocencia no puede hacer otra cosa".


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