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Raymond Radiguet : El príncipe de los poetas

El escritor Raymond Radiguet

El Príncipe de los Poetas llamó Jean Cocteau al joven Raymond Radiguet, a quien conoció, digamos mejor, que descubrió, en casa de Max Jacob, cuando Radiguet sólo contaba 14 años. A partir de ese encuentro Cocteau amó a este joven, como a un hermano menor, como a su hijo, como a un amante intocable, de manera platónica, quizás de ahí su aferramiento. Cocteau supo que se había encontrado con un genio. Radiguet, arropado por el maestro, pudo confirmar que su precoz inteligencia seducía a los demás de forma fulminante.

Radiguet vivía en la zona del Parque Saint-Maur, y cuando se le hacía muy tarde para regresar solo de noche, entonces se quedaba a dormir encima de una mesa en casa de Jacob o de Juan Gris.

También lo llamaban Monsieur Bebé. Rápidamente entre Jean Cocteau y Raymond Radiguet se establece una especie de idolatría literaria. Cocteau es capaz de olvidarse de sí mismo y de su obra, para engrandecer la del autor de El Baile del Conde de Orgel y El diablo en el cuerpo, su obra más conocida. Existió una verdadera pasión literaria entre ambos.

Cocteau no sólo debe aceptar la edad del joven, impidiéndose expresar su amor de manera directa -comportamiento poco usual para la época, en la que la edad no constituía una barrera-, además debe luchar contra los celos. Situación que se repetirá a lo largo de su vida, ya que la mayoría de los hombres en los que él pone los ojos, son bisexuales, y experimentan gustos por las mujeres, y a su vez, las mujeres se prendan de la belleza de sus amantes, invariablemente elegidos por esa cualidad, entre otras.

Vida breve de Radiguet

Como todos sabemos la vida de Radiguet fue breve. En buena parte, culpa de haber entrado tan joven y de forma radical y aventurera en los medios artísticos y en los salones de alcurnia del Tout Paris. Ante el esplendor de su propia gloria, Radiguet no sabe controlarse, y empieza a quemar su vida alcoholizándose y drogándose. Es el fatum de los artistas jóvenes de la época, cuyo éxito sexual y profesional los lanzaba a una vida desordenada y trágica.

En Cuba, cuando Raymond Radiguet fue publicado en aquellas históricas Ediciones Cocuyo, nos dijeron que el escritor había muerto como un héroe durante la guerra. O sea, para poderlo editar, tuvieron que inventarle una muerte heroica y esconder la verdadera.

En verdad, Radiguet murió de tifus, porque el médico llegó demasiado tarde, cuando ya las fiebres había devastado el organismo. Al parecer, el joven no podía darse cuenta de su enfermedad, puesto que su estado de embriaguez y de drogadicción no permitía que controlara su cuerpo, y ni siquiera sentía que la enfermedad lo iba royendo. La pedagogía castrocomunista hizo de Radiguet todo lo contrario a lo que era. Del mismo modo que sacaron de las sucesivas ediciones cubanas de Moby Dick, después de 1959, todas las invocaciones a Dios. Lo que convirtió a Melville en un autor del realismo socialista.

Dos obras maestras en plena juventud

Sigamos con Radiguet, el joven que escribió dos obras maestras en plena juventud se codeaba, entonces, acompañado siempre de Cocteau, con lo más codiciado del mundanal ruido parisino, les années folles: Valentina Hugo, Picasso y su mujer Olga, Misia Sert y su marido, los Beaumont, los Noailles, todos mecenas, el pintor Derain, Gabrielle Chanel (Coco), entre otras celebridades.

Para exorcizar los demonios de la Primera Guerra la gente se divertía, gastaba excesivamente, sin dejar de reflexionar y de crear, lo que hizo de los Años Locos una de las épocas más asombrosas en cuanto a innovaciones artísticas y a intercambio de ideas, que a veces llegaban a violentas disputas, las que también inmortalizaron a numerosos personajes cuya única obsesión era vivir y dejar una huella importante de creación en este mundo.

Sesiones de espiritismo

Cocteau y Radiguet viajaban entre París y provincia, pasaban los días en Lavandou, junto a Jean y a Valentina Hugo. El poeta envuelto en un pegnoir blanco, pies desnudos, caminaba silencioso por la arena. Radiguet, contemplaba el mar, cuando sus ojos se levantaban de la lectura, pues leía mucho, ya por aquellos días estaba cocinando su segunda obra.

Valentina y Jean Hugo decidieron mudarse a un pequeño apartamento de París, donde daban sesiones de espiritismo; en una de ellas, el espíritu habló tres veces a Radiguet: "El malestar crecerá con el genio", después continuó, "yo quiero su juventud", para concluir con una frase que estremeció a todos: "Yo soy la muerte".

Radiguet jamás detuvo la rueda dentro de la que su vida rodaba exaltada y desenfrenadamente. Días antes de su muerte, el médico lo atendió en el hotel de la calle Tournon, de ahí lo trasladaron a una clínica de la calle Piccini, donde se extinguió. Cocó Chanel pagó los gastos. Murió junto a Misia Sert, murmurando en letanía que tenía miedo.

Jean Cocteau se hundió en la tristeza, durante la agonía de su amado y protegido se encerró en su casa, y no tuvo el valor de asistir a los obsequios fúnebres. Años más tarde declaró que ese fue el comienzo de sus desaventuras con las drogas.

Raymond Radiguet nos dejó dos obras extraordinarias, y el legado de una vida dedicada a la escritura, al arte, y al amor.

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