Música

Anna Beer rescata en "Armonía y suaves cantos" a las mujeres de la clásica

Barcelona, 23 sep (EFE).- La historiadora inglesa Anna Beer rescata en su obra "Armonías y suaves cantos" a las mujeres olvidadas de la música clásica, que desde el Renacimiento hasta el siglo XX han visto silenciadas sus carreras.

El punto de partida es la Venecia de 1568, donde Maddalena Casulana, primera mujer que publica su propia música, desafía el "necio error de los hombres" que los lleva a creer que son los únicos poseedores de los "elevados dones intelectuales" necesarios para componer, y señala que tales dones pueden ser "igualmente comunes" entre las mujeres.

Otro momento seleccionado por la autora para ilustrar ese olvido tiene lugar en 1850 en Berlín, donde los críticos reseñan la publicación de una serie de obras de Fanny Hensel, hermana mayor de Félix Mendelssohn, y tienen la certeza de que, al tratarse de una mujer, la música carece de "una idea individual y poderosa", de "interioridad", del "vigoroso sentimiento que nace de una convicción profunda".

"Armonía y suaves cantos" (Acantilado) pretende, a decir de Beer, "dar a conocer los logros de una serie de mujeres a lo largo de cuatro siglos de la historia de Europa occidental", unas compositoras que "no eran ángeles ni hechiceras, sino seres humanos dotados de un talento formidable que demostraron contar, una y otra vez, con 'elevados dones intelectuales' y expresaron, asimismo, el 'vigoroso sentimiento que nace de una convicción profunda'".

La historiadora sale al rescate de algún nombre conocido como Clara Schumann, pero mayoritariamente se trata de compositoras desconocidas para la mayoría: la veneciana Barbara Strozzi (siglo XVII), la parisina Elisabeth Jacquet de la Guerre (s.XVII-XVIII), la vienesa de origen español Marianne von Martines (s.XVIII-XIX), Fanny Hensel (hermana de Mendelssohn, s.XIX), la francesa Nadia Boulanger (s.XIX-XX), que fue pianista, organista y directora de orquesta; o la británica Elizabeth Maconchy (s.XX).

Todas ellas, matiza Beer, compusieron su música en sociedades que no permitían entrar a las mujeres en determinados lugares, desde los teatros de ópera hasta las universidades, desde el podio del director de orquesta hasta las editoriales de música.

A ello se sumaban las "creencias culturales" que aún hacían más difícil su tarea, desde la Florencia del siglo XVII al Londres del siglo XX, donde las mujeres que componían despertaban "miedos profundos y arraigados", muchas veces mezclados con temores religiosos.

Los prejuicios de todas las compositoras por motivos de sexo era algo con lo que contaban y que, como narra Beer, queda constatado con el ejemplo de la estadounidense de origen inglés Rebecca Clarke, quien en 1919 ganó un premio importante por su "Sonata para violín y piano", a lo que la crítica pensó inicialmente si en realidad era una pieza remitida por los compositores Ernest Bloch o Maurice Ravel bajo seudónimo.

"Clarke no fue la primera ni la última mujer que abandonó la composición, agostada por el silencio que la sociedad le imponía hasta el punto de sucumbir a las dudas sobre su talento", lamenta la autora.

Aún más trágico fue el final de Johanna Kinkel, nacida en Bonn en julio de 1810, apadrinada por Mendelssohn, que tras diversas vicisitudes vitales acabó en Inglaterra sola con sus cuatro hijos después de que su marido revolucionario se marchara a Estados Unidos.

Kinkel murió al caer, o tirarse, desde una ventana frente a su casa en St. John's Wood. Desde su llegada a Inglaterra había dejado de componer y poco antes había escrito una novela sin duda autobiográfica sobre un compositor que lucha hasta la extenuación para abrirse camino.

Por encima de todo, advierte Beer, estas creadoras eran pragmáticas, pues no trataban de sumarse a una tradición femenina ni de crearla, como tampoco esperaban encontrar una maestra o una mentora; trabajaban invariablemente en una cultura musical dominada por hombres y "se enfrentaron repetidamente a los ataques contra su reputación".

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