Opinión

El precio de la verdad

Pablo Iglesias, líder de Podemos.

No tengo ni la menor duda de que Podemos coacciona a periodistas que no son de su cuerda. El que más o el que menos hemos sufrido insultos y descalificaciones en la red por algún artículo que consideran desfavorable. No es tanto una estrategia organizada como el resultado de una manera de concebir la política. En mis 45 años de reportero he sufrido todo tipo de descalificaciones y amenazas para que me autocensurase, pero nunca lo consiguieron.

Sinceramente, no creo que sea una decisión de Pablo Iglesias ni de otros dirigentes. Se trata de un problema de talante, sus bases son creyentes y actúan como tales: son los buenos y los que no piensan como ellos son, sencillamente, despreciables. Tales actitudes se han repetido una y otra vez en el tiempo. Y lo más curioso es que cuanto más fanáticos son, menos tolerancia muestran hacia las críticas. De alguna manera es lógico, en la medida en que están convencidos de que poseen la verdad y los valores supremos.

Salvando las diferencias, también es lo que le pasaba a Blas Piñar, cuando nos calificó como "la prensa canallesca". En su opinión, los periodistas se dividían entre "amigos", los que compartían con él ideales elevados, y "el resto" a los que consideraba mercenarios de las empresas periodísticas movidos por el propósito de elevar el número de lectores y de mejorar la cuenta de resultados. Desde entonces, los reporteros en tono de humor nos empezamos a autodenominar "la canallesca", calificativo que no le importaría utilizar a un buen número de podemitas que nos consideran mercenarios del más vil capitalismo.

Desde que entró en desuso el periodismo de militancia, los "periodistas amigos" se han convertido en una lacra para la profesión solo comparable a los "enemigos"; la mayoría trata de hacer su trabajo honestamente, porque somos conscientes de que la calidad de una democracia depende de la información que los ciudadanos reciben.

Hay veces en que nos equivocamos y hacemos las cosas mal, incluso debemos reconocer que tenemos garbanzos negros en nuestras filas. Pero los periodistas somos los más interesados en corregir esas situaciones, como Billy Ray puso de manifiesta en su magnífica película El precio de la verdad (2003).

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