Política

El análisis| El Partido Popular se come al PP

Aguirre, Rajoy y Gallardón. Imagen: EFE

La marcha de Esperanza Aguirre de la Comunidad de Madrid no supuso en absoluto la pacificación de este feudo popular, que se ha caracterizado durante los últimos años por la tirantez entre Ayuntamiento y la Comunidad y por la rivalidad de la presidenta autonómica con el presidente del partido y del gobierno.

El escándalo de los espías, en que aparentemente los consejeros regionales se vigilaban entre sí y mantenían bajo control a los principales ediles del ayuntamiento, que acaba de reabrirse al haber cambiado su declaración uno de los principales actores, da idea del clima bélico que se ha vivido en los círculos populares de la capital del reino.

La marcha de Aguirre, por cansancio o por hastío, estuvo sin duda relacionada con el mal trago presupuestario que ha debido pasar este año la CCAA madrileña, por imposición de Montoro, es decir, de Génova. Pero entendieron mal quienes pensaron que la expresidenta iba a retirarse a sus cuarteles de invierno como insinuó.

A sus 61 años, está en plenas facultades políticas y con toda evidencia mantiene toda su ambición, que ejerce a través de la presidencia del PP madrileño, que ganó con el 98% del los votos y que todavía ostenta. Ello sin contar con que González es un peón fiel, totalmente leal a quien lo ha elevado al privilegiado puesto que ocupa. No es difícil colegir que Aguirre tiene una relevante cuota de poder todavía en la comunidad por persona interpuesta.

La batalla, por tanto, sigue planteada, como lo prueba el hecho de que se haya reabierto el caso del embarazoso ático de Ignacio González, supuestamente alquilado a una vidriosa entidad extranjera. Como se sabe, a instancias de la Fiscalía Anticorrupción, una juez de Estepona se puso a investigar si la realidad era lo que parecía: el ático pertenecería en realidad a González, aunque éste trataría de ocultar la propiedad, no es difícil imaginar por qué, mediante el artificio del alquiler.

Este miércoles, González ha terminado reconociendo la adquisición del ático el 18 de diciembre, lo que ha contradicho todas las versiones anteriores y ha arrojado más dudas sobre el caso. De momento, la principal oposición ya ha acusado a González de corrupción y le ha exigido la dimisión. Resulta difícil de admitir que la curiosidad fiscal y judicial sobre el asunto sea espontánea y no venga teledirigida desde fuentes gubernamentales.

Por lo demás, el Gobierno se mantiene firme en el asunto del euro por receta y todo indica que de forma inminente planteará el recurso de inconstitucionalidad que ya ha conseguido en Cataluña la paralización de la tasas. Quizá por ello Aguirre, con el pretexto de las subidas de impuestos, declaraba también este miércoles que no le gusta la política de Rajoy

El partido de Aguirre

La confrontación está en el aire y en la calle, y de hecho circula desde hace tiempo por todos los mentideros la especie, seguramente irreal, de que Aguirre podría acabar montando una formación política disidente del PP con el concurso de Aznar y de Mayor Oreja, ambos irritados con Rajoy y con su pragmatismo rampante que orilla cualquier compromiso ideológico. Parece del todo imposible por razones obvias tal maniobra, que incluso tiene nombre (Foro España) pero la difusión del bulo resulta significativa y relevante.

Lo cierto es que la cúpula popular -Génova y Moncloa- tiene en Aguirre un motivo de inquietud que le incomoda incluso más que la inofensiva oposición. Rajoy no consigue meter en cintura a esta disidencia, que le complica los difíciles equilibrios que debe hacer para mantener aplacada a una opinión pública que está como es lógico al borde del estallido por los recortes, la falta de expectativas y la corrupción rampante.

Una corrupción insoportable que acaba de asestar un golpe muy duro al PP: el descubrimiento de que Bárcenas, tesorero del PP y hombre de confianza de la cúpula popular, mantenía en Suiza una cuenta de más de hasta 22 millones de euros colma todos los vasos de la paciencia imaginables y acaba de desacreditar a un establishment que está a punto de perder la confianza del país.

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